sábado, 22 de agosto de 2015

Entonces, al final, ¿no somos nada? (o El tercer hombre, o sobre la perversión, o sobre la consciencia)

Orson Welles, en El tercer hombre. ¡Grandioso!
Me di cuenta, al releer mi último escrito (improvisación humorística donde les empecé a avisar de las paradojas del yo o la identidad), de que a partir de ahí alguno podría hacerse esta no tan divertida pregunta: pero entonces, al final, ¿“no somos nada”, como suele decirse en los entierros?

No nos precipitemos demasiado para estar a favor o en contra de la sentencia, lo mejor es empezar por observar que esa concreta aseveración (somos nada, no hay más que hablar) es la misma que defiende el perverso. Para resumir: todos sois al cabo nada, por tanto, todo puedo permitírmelo… Se trata del más íntimo leitmotiv de no pocos líderes y mandamases que, ya sea descaradamente o en la sombra, a lo largo de la historia manejaron a su antojo las riendas de este mundo. Para desdramatizar un poco el tema, pondré el ejemplo más amable que me viene a la memoria: es el caso de Harry Lime, el personaje interpretado por Orson Welles (quién mejor para el papel) en aquella inmensa película que lleva por título El tercer hombre. Allí, en el Prater de la Viena de posguerra, seguro que se acuerdan, Holly y Harry se encuentran en la cabina de la noria a una altura de vértigo; y el bueno de Holly intenta que su antiguo amigo Harry (aquel perverso de sonrisa encantadora, Orson Welles, repito) reflexione seriamente sobre lo que estaba haciendo, apelando a las víctimas que causaba su infame negocio de penicilina adulterada. Y Harry, abriendo la puerta de la noria, poniéndonos los pelos de punta a todos, le responde: “¿Víctimas? No seas melodramático. Mira ahí abajo. ¿Sentirías compasión por alguno de esos puntitos negros si dejara de moverse? Si te ofreciera 20.000 dólares por cada puntito que se parara, ¿me dirías que me guardase mi dinero, o empezarías a calcular los puntitos que serías capaz de parar? Y libre de impuestos, amigo, libre de impuestos…” 

Y libre de impuestos, amigo. Genial. Ningún tratado o manual de psiquiatría define tan gloriosamente la perversión (¡el re-godeo mental del perverso!) como esa magistral escena de El tercer hombre. Pues efectivamente, el perverso no es solo aquél que “no tiene conciencia” (hasta el punto de cometer las mayores impiedades con esos meros objetos de usar y tirar que son para él las personas), sino que además, él se define también por intentar convencernos de que, a fin de cuentas, su perversión no es para tanto, que es lo más normal del mundo, vamos. Más allá de la común indignación, este es el concreto y objetivo error: el perverso cree que su consciencia ha alcanzado la última verdad (bien mirado, al final somos nada); pero sin querer saber nada sobre su propia nadidad, la cual niega con una última mentira, con un último fiestongo psíquico, este es, su ansia de “ser total, sin agujeros. El perverso hace de la verdad un regodeo cínico, con el cual pretende mantener su mente plena, pletórica, a salvo, o sea exenta de remordimientos. Pues no es cierto que no seamos nada (como dice el más tonto en los entierros, o el perverso para sentirse por encima de quien sea), o por lo menos es cuestión que deberíamos matizar muy cuidadosamente: lo que ocurre es más bien que cualquier “ser” (que pretendamos ser) orbita alrededor de una nada, lo cierto es que nuestro ser deseante (superyoico, insatisfecho) da vueltas y revueltas, al final, sobre nada. Eso sí es verdad, pero completamente diferente a la “verdad” que intenta hacernos tragar el perverso. En todo caso, consideren que cualquier verdad que mata, cualquier verdad que pretenda cerrarnos la boca para siempre, no es auténtica verdad, sino lamentable falacia interesada.

En definitiva, Harry, o cualquier otro inconsciente de su calibre, repudia la incompletud de ser que nos afecta (esa que en principio nos angustia), precisamente porque eso está en relación con nuestra libertad. ¡Sorprendente, pero es así!: se necesita un espacio, un silencio, una pausa, una paz para que nazca, precisamente, nuestra más liberada consciencia. Lo que pasa es que la gente confunde su mente (su pensamiento, sus elucubraciones) con la consciencia. ¡Grave error! Ya que por el contrario, es en los raros momentos, o en los micro momentos en los cuales nuestra mente o pensamiento hace mutis por el foro (¡cuando por fin nuestra “mentalidad” se acalla y nos deja en paz!) que puede emerger la más libre consciencia, aquélla desembarazada de engaños, para decirlo rápido, para que todos lo entendamos.

En conclusión, al final somos consciencia. Es la última y más genuina naturaleza humana, ser conscientes, al margen de que incluso los mejores neurólogos no se atrevan a definir del todo en qué consiste ese misterioso fenómeno de la consciencia. Por otro lado, algunos espiritualistas llegan a decir que esa última consciencia nuestra es la del universo, o la de Dios. Celebraría que así fuera, pues en ese caso Dios debe ser la cosa más humilde y menos pretenciosa que usted se pueda imaginar. Ya que esa última incorruptible consciencia nuestra (incorruptible, tomen nota los políticos) es totalmente impersonal (está vacía de “ser”, y de toda sufrida ampulosidad que concierna al ser), no aspira a nada, ni juzga inquisitorialmente a nadie, y en fin, esa consciencia es tan humilde que, como suele decirse, no se las da de nada. No cabe duda, pues, de que Dios debe ser una buena persona. Y quizás sea esa la trascendencia humana: ser conscientes. O sea, ser buenas personas. A partir de una consciencia tal que, siendo indeciblemente profunda, a la vez es humilde hasta el punto de insultar (¡ahí el problema!) a nuestro infinitamente orgulloso y divino “Yo”.


Ramón García Durán © 2015







La música maravillosa, inolvidable, de Anton Karas... 



Anton Karas, ¡tocando en vivo y en directo su cítara!



La escena de la noria. Que ustedes la disfruten.