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| Orson Welles, en El tercer hombre. ¡Grandioso! |
Me di cuenta, al releer mi último escrito (improvisación
humorística donde les empecé a avisar de las paradojas del yo o la identidad),
de que a partir de ahí alguno podría hacerse esta no tan divertida pregunta: pero entonces, al final, ¿“no somos nada”,
como suele decirse en los entierros?
No nos precipitemos demasiado para estar a
favor o en contra de la sentencia, lo mejor es empezar por observar que esa concreta
aseveración (somos nada, no hay más que
hablar) es la misma que defiende el perverso. Para resumir: todos sois al cabo nada, por tanto, todo
puedo permitírmelo… Se trata del más íntimo leitmotiv de no pocos líderes y
mandamases que, ya sea descaradamente o en la sombra, a lo largo de la historia
manejaron a su antojo las riendas de este mundo. Para desdramatizar un poco el
tema, pondré el ejemplo más amable que me viene a la memoria: es el caso de Harry
Lime, el personaje interpretado por Orson Welles (quién mejor para el papel) en
aquella inmensa película que lleva por título El tercer hombre. Allí, en el Prater de la Viena de posguerra,
seguro que se acuerdan, Holly y Harry se encuentran en la cabina de la noria a
una altura de vértigo; y el bueno de Holly intenta que su antiguo amigo Harry
(aquel perverso de sonrisa encantadora, Orson Welles, repito) reflexione seriamente
sobre lo que estaba haciendo, apelando a las víctimas que causaba su infame negocio
de penicilina adulterada. Y Harry, abriendo la puerta de la noria, poniéndonos
los pelos de punta a todos, le responde: “¿Víctimas?
No seas melodramático. Mira ahí abajo. ¿Sentirías compasión por alguno de esos
puntitos negros si dejara de moverse? Si te ofreciera 20.000 dólares por cada
puntito que se parara, ¿me dirías que me guardase mi dinero, o empezarías a
calcular los puntitos que serías capaz de parar? Y libre de impuestos, amigo,
libre de impuestos…”
Y libre de impuestos, amigo. Genial. Ningún tratado
o manual de psiquiatría define tan gloriosamente la perversión (¡el re-godeo mental
del perverso!) como esa magistral escena de El
tercer hombre. Pues efectivamente, el perverso no es solo aquél que “no
tiene conciencia” (hasta el punto de cometer las mayores impiedades con esos
meros objetos de usar y tirar que son para él las personas), sino que además, él
se define también por intentar convencernos de que, a fin de cuentas, su
perversión no es para tanto, que es lo más normal del mundo, vamos. Más allá de
la común indignación, este es el concreto y objetivo error: el perverso cree
que su consciencia ha alcanzado la última verdad (bien mirado, al final somos
nada); pero sin querer saber nada sobre su propia nadidad, la cual niega con
una última mentira, con un último fiestongo psíquico, este es, su ansia de “ser total”, sin agujeros. El perverso hace de la verdad un regodeo cínico, con el
cual pretende mantener su mente plena, pletórica, a salvo, o sea exenta de
remordimientos. Pues no es cierto que no seamos nada (como dice el más tonto en
los entierros, o el perverso para sentirse por encima de quien sea), o por lo
menos es cuestión que deberíamos matizar muy cuidadosamente: lo que ocurre es más
bien que cualquier “ser” (que pretendamos ser) orbita alrededor de una nada, lo
cierto es que nuestro ser deseante (superyoico, insatisfecho) da vueltas y
revueltas, al final, sobre nada. Eso sí es verdad, pero completamente diferente
a la “verdad” que intenta hacernos tragar el perverso. En todo caso, consideren
que cualquier verdad que mata, cualquier verdad que pretenda cerrarnos la boca
para siempre, no es auténtica verdad, sino lamentable falacia interesada.
En definitiva, Harry, o cualquier otro inconsciente
de su calibre, repudia la incompletud de ser que nos afecta (esa que en principio
nos angustia), precisamente porque eso está en relación con nuestra libertad. ¡Sorprendente,
pero es así!: se necesita un espacio, un silencio, una pausa, una paz para que nazca,
precisamente, nuestra más liberada consciencia. Lo que pasa es que la gente
confunde su mente (su pensamiento, sus elucubraciones) con la consciencia. ¡Grave
error! Ya que por el contrario, es en los raros momentos, o en los micro momentos
en los cuales nuestra mente o pensamiento hace mutis por el foro (¡cuando por
fin nuestra “mentalidad” se acalla y nos deja en paz!) que puede emerger la más
libre consciencia, aquélla desembarazada de engaños, para decirlo rápido, para
que todos lo entendamos.
En conclusión, al final somos consciencia. Es la
última y más genuina naturaleza humana, ser conscientes, al margen de que
incluso los mejores neurólogos no se atrevan a definir del todo en qué consiste
ese misterioso fenómeno de la consciencia. Por otro lado, algunos
espiritualistas llegan a decir que esa última consciencia nuestra es la del
universo, o la de Dios. Celebraría que así fuera, pues en ese caso Dios debe
ser la cosa más humilde y menos pretenciosa que usted se pueda imaginar. Ya que
esa última incorruptible consciencia nuestra (incorruptible, tomen nota los
políticos) es totalmente impersonal (está vacía de “ser”, y de toda sufrida ampulosidad
que concierna al ser), no aspira a nada, ni juzga inquisitorialmente a nadie, y
en fin, esa consciencia es tan humilde que, como suele decirse, no se las da de
nada. No cabe duda, pues, de que Dios debe ser una buena persona. Y quizás sea
esa la trascendencia humana: ser conscientes. O sea, ser buenas personas. A
partir de una consciencia tal que, siendo indeciblemente profunda, a la vez es
humilde hasta el punto de insultar (¡ahí el problema!) a nuestro infinitamente
orgulloso y divino “Yo”.
Ramón García Durán © 2015
La música maravillosa, inolvidable, de Anton Karas...
Anton Karas, ¡tocando en vivo y en directo su cítara!
La escena de la noria. Que ustedes la disfruten.




