Según el diccionario, el verbo meditar significa lo siguiente: “aplicar
con profunda atención el pensamiento a la consideración de algo, o discurrir
sobre los medios de conocerlo o conseguirlo”. Es decir, que meditar es pensar, o discurrir sobre alguna
cosa. Nada que ver con la meditación a la cual nos iremos refiriendo aquí. Conste
que la culpa no es de los señores académicos, sino nuestra; o más bien de nadie,
ya que no existe en nuestra lengua un término que se refiera a esa especial observación,
y a ese darse cuenta que, precisamente, se saltan a la torera nuestro más
razonado y razonable pensamiento. Eso es la “meditación” de la que hablaremos aquí,
la cual no consiste en un discurrir o pensar, sino en prestar neutral atención
precisamente a nuestro pensamiento; ahí se produce un imprevisto darse cuenta que
nos deja ver la trampa (es como verla desde fuera de ella misma), ahí somos
conscientes, inesperadamente, y sin tener la menor idea previa de ello, de
nuestra alienación sobrante, innecesaria, y por supuesto, dañina.
Hasta tal punto es así, que lejos de representar cosa especialmente
misteriosa, la meditación viene a ser, más o menos, lo que le pasó al Quijote. Lo
que le ocurrió a aquel famoso -y bien alienado- caballero en el último capítulo
de la graciosa historia que relata su vida. Ya que El Quijote, ciertamente, no
sería El Quijote sin su último capítulo. Eso viene a ser la meditación: meditar
es por lo menos constatar que, una vez defenestrados los barrocos libros de caballerías impresos en lo más profundo de nuestra mente, al final somos
capaces de ser humanos, de ser conscientes, con una medio sonrisa en los labios,
de que ayer mismo andábamos equivocados. Le aclararé, por último, que no es
seguro que la meditación vaya a hacer de usted un Buda. Pero sí le puedo
asegurar que nos hace más humanos. Con eso ya tenemos suficiente.
Ramón García Durán © 2015
John Dowland fue contemporáneo de Cervantes...
pero a mí siempre me ha llegado al alma.
Es más probable que Cervantes oyera esta música,
que también es maravillosa. La música nos acerca
a la esencia de las épocas quizás más que los libros...
