“Converso con el
hombre que siempre va conmigo
—quien habla solo espera hablar a Dios un día—“
Antonio Machado (Retrato)
No me considero
un espiritualista ni de lejos, es lo primero que quisiera precisar. Y si bien
respeto la religiosidad auténtica (o sea la comprometida con lo más humano y
terrenal), a la vez desdeño a todos esos tenores huecos que sostienen el
profuso mercadillo de espiritualidad tan de moda en nuestros días.
Pero a pesar de
mi proverbial imposibilidad para ser devoto de ningún santón o iluminado, no
obstante recibí cierta claridad, cierta luz a raíz de mi interés por algunas
filosofías orientales, o no occidentales. Esas otras psicologías (más que
filosofías), esas otras sensibilidades me brindaron la blue note, por así
decirlo, que me hizo
comprender en su mayor profundidad aquel conócete
a ti mismo del que hablaran los antiguos griegos (aquellos venerables
sabios que plantaron las primeras semillas de nuestro muy exitoso pensamiento occidental). La blue note, me explico:
se trata de ese expresivo sonido especialísimo del jazz; el cual no encaja ni a
tiros en nuestra muy racionalista escala temperada. Y esa es la cuestión,
creemos que nuestro pensamiento es, por descontado, “el bueno” (cualquier
cultura, ya sea primitiva o rematadamente avanzada, tiende a ponerse esa
párvula venda ante sus propios ojos); sin caer en la cuenta de que cualquier
identificación ya sea con este o aquel otro estilo de pensamiento conlleva,
irremediablemente, una subsiguiente limitación de nuestro más libre
entendimiento. No creo que haya alguien tan fanático, o tan creído de sí mismo
como para negarse a considerar algo tan obvio.
Y la otra
importante inflexión que incidió poderosamente en mi actual forma de ver la
psicología fue, sin duda alguna, esta crisis -mal llamada económica- de
principios del siglo XXI. Tamaño espectáculo de corrupción moral (muchísimo más
que monetaria), y en definitiva de lamentable inhumanidad, tamaño descarado
plan con la pretensión de llevar de nuevo a la gente a la esclavitud, por parte
de los unos, junto al igualmente incomprensible espectáculo de claudicación por
parte de los otros, de los millones de afectados… Todo eso y más me hizo
meditar profundamente sobre la naturaleza humana, en concreto, sobre nuestra más
común y corriente alienación psíquica, esta que evidentemente afecta, todavía
hoy, a la humanidad en su conjunto.![]() |
| Mi perro, Bongo. |
Y de ese modo, por esas controvertidas
vías, por esos
pacíficos caminos un día me di cuenta, para mi sorpresa, de que
sí existe un más allá. Un más allá de nuestra servil alienación,
pretendidamente sin remedio. Pero ese más allá de este “valle de lágrimas” está
tan cerca, es tan poco endiosado, tan insultantemente sencillo y falto de
espectacularidad, que precisamente por eso nuestra mente (buscadora inagotable
de emociones, incluso de las más horteras) no quiere saber nada de ello. Nada
de nada, al menos en un primer momento.
pacíficos caminos un día me di cuenta, para mi sorpresa, de que
sí existe un más allá. Un más allá de nuestra servil alienación,
pretendidamente sin remedio. Pero ese más allá de este “valle de lágrimas” está
tan cerca, es tan poco endiosado, tan insultantemente sencillo y falto de
espectacularidad, que precisamente por eso nuestra mente (buscadora inagotable
de emociones, incluso de las más horteras) no quiere saber nada de ello. Nada
de nada, al menos en un primer momento. Es una pena, porque ese más allá no es otra cosa que la paz. La más simple paz que, no obstante, pudiera hermanarnos en el deseo menos lerdo de cuantos pueda albergar una consciencia humana. Este es, el deseo, o la esperanza de un mundo mejor del que vivimos.
Ramón García
Durán © 2015


