“¿Qué puede hacer uno? Mire, y sea sencillo”.
Jiddu Krishnamurti (Comentarios sobre el Vivir)
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| Le bal masqué, de Albert Lynch |
El carnaval es el tiempo de las máscaras, de los disfraces, de la bufa exhibición de las meras apariencias. Tiempo, pues, de la más alegre intrascendencia. Y sin embargo, el carnaval no deja de ser sabio. Es la paradoja de esta fiesta, a la vez el carnaval es época de las mayores falsedades, y a la par es la ocasión para la más acertada crítica del mismo fingimiento. Comparto con ustedes este ramillete de improvisadas notas, de pequeñas meditaciones sintónicas, de una u otra manera, con el tiempo que vivimos, con este tiempo de carnaval:
Una vez esfumados los síntomas
(los síntomas neuróticos o psicológicos pueden perfectamente llegar a caer, aunque
a usted le parezca mentira), entonces ya solo nos queda permitirnos derrocar
nuestra última y peor afección psíquica, nuestra postrera rémora, esta es:
nuestra personalidad, nuestro carácter, nuestra propia “identidad” o “Yo”. Por
mucho que le suene a locura, es precisamente lo contrario: no existe mayor fuente
de cordura (para uno mismo, y por ende para el mundo en que vivimos) que el
darse cuenta de en qué consiste ese integral disfraz imaginario, ese huevo narcisista al que llamamos “Yo”. Del cual a todos nos cuesta tanto salir. Esa
es la gran paradoja del “Yo”: en un primer momento, en nuestra infancia y
adolescencia, la constitución de una identidad (a la cual agarrarnos) es tan
imprescindible que sin ella andaríamos todos locos; pero después, cualquier ser
humano tiene el derecho a percatarse de que su mayor locura, la que más
estragos produce, es precisamente su egoísmo. O dígase su más indiscutido, y
por tanto nunca revisado egocentrismo.
Todos sabemos que la mente
humana es muy tendente a dejarse cegar por la fascinación (es debido a que la
mente del Homo sapiens es muy
sensual, entrañablemente sexual incluso, supongo que eso también lo sabemos
todos). Lo cual nos brinda una lección de vida harto práctica: no se apresure a
desdeñar al otro por su apariencia, por el poco impacto que le produzca su
presencia, por el hecho de que no lleve zapatos caros, por no ser famoso o ni
siquiera inteligente, por no saber idiomas, o incluso por ser un decidido garrulo,
un inculto de muchísimo cuidado. Por el contrario, sea usted sabio. Esto es,
permítase escuchar a los demás, a cualquiera. Esa ha sido por lo menos mi
experiencia, más de una vez lo he comprobado: incluso el más aparentemente lerdo,
el más supuestamente bendito de la Tierra es capaz, para nuestra sorpresa, de
decir inesperadamente algo que nos desarme, que nos ilumine, por así decirlo,
de por vida. Si usted está atento, también podría constatarlo: de cualquier
persona, sin excepción, puede emerger, visto y no visto, el adormilado Buda que
habita por defecto en el fondo del alma de cualquiera.
Sí existe, efectivamente,
una trascendencia que concierne al ser humano. Pero curiosamente, esta empieza
a desvaírse, a malentenderse en el mismo momento en que escribimos la palabra
“Trascendencia” con mayúscula. Las mayúsculas son a la trascendencia humana lo
mismo que, a la persona sensata, puedan ser las medallas militares. O sea cosas
completamente superfluas, adornos carnavalescos que solo sirven para alardear. Al
respecto, dicen los santones que, cuando nuestra mente se serena y se acalla,
entonces puede emerger la intuición de lo Imperecedero, de lo Absoluto. Pero ya
lo ven, ¡otra vez con las mayúsculas! Por eso, si bien la cosa va por ahí, yo
prefiero decirlo a mi manera: en los raros momentos en que nuestra mente se
olvida de ella misma, en los que el pensamiento completamente hace mutis por el
foro, entonces puede observarse la realidad en su más pacífica y desarmadora sencillez,
exenta de las compulsivas y barrocas categorizaciones a las que nos somete,
bien sufridamente, ese ingenuo mecanismo de supervivencia que es la mente del Homo sapiens. Observar más allá de
nuestra mente de simio, siquiera por un momento, por un instante de tiempo
detenido. Esa podría ser la humilde, pero a la vez sorprendentemente relevante
trascendencia humana.
De todas formas, si más
allá de las ataduras de su mente, a usted no le ha visitado todavía una
apercepción trascendente de la realidad, no se preocupe en lo más mínimo. Basta
con que intente ser buena persona. En los raros momentos en que lo consiga,
bien mirado, usted deviene el ser humano más trascendente que pueda haber sobre
el planeta.
Si está usted en una
situación límite, si está desesperado, entonces espere un poco. Pues considere
que solo aquel que llega al límite puede trascender, puede ir más allá de la
frontera. Solo aquel o aquella que, más allá de las apariencias, ha tocado fondo, tiene la oportunidad de ver el trasfondo de la mente humana. Esto es: la
más sencilla consciencia, aquella a la cual, precisamente debido a su simpleza,
no le alcanza la desesperación. Quien por la fuerza de los hechos (o sea por haber
llegado al límite) inesperadamente topa con su última consciencia, de pronto,
inexplicablemente, cede. Su desesperación decae (no me hagan explicar ahora el
porqué, el porqué es lo menos importante, y ni siquiera lo sé del todo). Y en
ese momento, se inicia el duelo. El duelo, o la despedida que indefectiblemente
da paso a la paz. Espere un poco y lo verá. Vale la pena.
Ahora que estamos en tiempo
de carnaval, me atrevo a proponerle que se disfrace usted de extraterrestre.
Quiero decir que le sugiero el siguiente experimento: juegue a ver las cosas,
la Tierra y la humanidad, desde el punto de vista de un extraterrestre. Me
refiero por supuesto a un extraterrestre “bueno”, digamos tipo E.T. Se
trataría, pues, del punto de vista, o de la consciencia propia de un ser
sumamente evolucionado, como suele decirse; pero no solo en lo tecnológico,
sino asimismo al respecto del más sincero conocimiento de sí mismo; se trataría,
por tanto, de la percepción propia de un individuo exento de arrogancia, o sea
en el mejor sentido inteligente, sensible, empático. A partir de ahí, desde esa
mirada, ¿cómo vería usted el mundo en que vivimos? Sin duda esa juiciosa criatura,
por mucho que sea de ciencia ficción, observaría con consternación la
inconsciente alienación, la torpe locura en la que, sin saberlo, se debate
nuestra especie. Vería claramente, para su pasmo, el absurdo esfuerzo que los
hombres dedican a levantar muros y fronteras, en vez de ponerse codo con codo a
regalarse decididamente unas sociedades y un sistema de organización a partir
de los cuales poder vivir todos en paz, tranquila y sencillamente. Y asimismo observaría,
asombrado, esa incoercible compulsión nuestra a reeditar, cada tantos años, la
guerra, incluso las guerras mundiales. Y entre otras muchas cosas, sobre todo se
daría cuenta, apesadumbrado, del ridículo empecinamiento del Homo sapiens en no salir de su
esclavitud, en no zafarse del sometimiento a los poderosos, sí, pero también en
no desprenderse de la tiranía que, en última instancia, proviene de su íntimo software psíquico, aquel instalado en lo
más profundo de su mente. Al final, posiblemente tal noble extraterrestre nos
dedicaría su más conmiserativa sonrisa; la misma que en nosotros aparece, por
ejemplo, al ver como ora se buscan apasionadamente, y otrora se ladran entre
ellos los perritos en el pipicán. Conste que hablo medio en broma (es tiempo
bufo, de carnaval), pero a la vez lo digo en serio: quizás no sea esta exactamente
la mirada de un Buda, o de Brahman. Mas no obstante, me pregunto si no es ya suficiente,
o no del todo desdeñable este humilde a modo de “iluminación”.
Ramón García Durán ©
2016



