lunes, 24 de agosto de 2015

Brevísima introducción a la meditación (Impromptu n.º 2)

Según el diccionario, el verbo meditar significa lo siguiente: aplicar con profunda atención el pensamiento a la consideración de algo, o discurrir sobre los medios de conocerlo o conseguirlo”. Es decir, que meditar es pensar, o discurrir sobre alguna cosa. Nada que ver con la meditación a la cual nos iremos refiriendo aquí. Conste que la culpa no es de los señores académicos, sino nuestra; o más bien de nadie, ya que no existe en nuestra lengua un término que se refiera a esa especial observación, y a ese darse cuenta que, precisamente, se saltan a la torera nuestro más razonado y razonable pensamiento. Eso es la “meditación” de la que hablaremos aquí, la cual no consiste en un discurrir o pensar, sino en prestar neutral atención precisamente a nuestro pensamiento; ahí se produce un imprevisto darse cuenta que nos deja ver la trampa (es como verla desde fuera de ella misma), ahí somos conscientes, inesperadamente, y sin tener la menor idea previa de ello, de nuestra alienación sobrante, innecesaria, y por supuesto, dañina.



Hasta tal punto es así, que lejos de representar cosa especialmente misteriosa, la meditación viene a ser, más o menos, lo que le pasó al Quijote. Lo que le ocurrió a aquel famoso -y bien alienado- caballero en el último capítulo de la graciosa historia que relata su vida. Ya que El Quijote, ciertamente, no sería El Quijote sin su último capítulo. Eso viene a ser la meditación: meditar es por lo menos constatar que, una vez defenestrados los barrocos libros de caballerías impresos en lo más profundo de nuestra mente, al final somos capaces de ser humanos, de ser conscientes, con una medio sonrisa en los labios, de que ayer mismo andábamos equivocados. Le aclararé, por último, que no es seguro que la meditación vaya a hacer de usted un Buda. Pero sí le puedo asegurar que nos hace más humanos. Con eso ya tenemos suficiente.


Ramón García Durán © 2015





John Dowland fue contemporáneo de Cervantes... 
no sé si Miguel escuchó en su tiempo esta gallarda
pero a mí siempre me ha llegado al alma.






Es más probable que Cervantes oyera esta música, 
que también es maravillosa. La música nos acerca
a la esencia de las épocas quizás más que los libros...



sábado, 22 de agosto de 2015

Entonces, al final, ¿no somos nada? (o El tercer hombre, o sobre la perversión, o sobre la consciencia)

Orson Welles, en El tercer hombre. ¡Grandioso!
Me di cuenta, al releer mi último escrito (improvisación humorística donde les empecé a avisar de las paradojas del yo o la identidad), de que a partir de ahí alguno podría hacerse esta no tan divertida pregunta: pero entonces, al final, ¿“no somos nada”, como suele decirse en los entierros?

No nos precipitemos demasiado para estar a favor o en contra de la sentencia, lo mejor es empezar por observar que esa concreta aseveración (somos nada, no hay más que hablar) es la misma que defiende el perverso. Para resumir: todos sois al cabo nada, por tanto, todo puedo permitírmelo… Se trata del más íntimo leitmotiv de no pocos líderes y mandamases que, ya sea descaradamente o en la sombra, a lo largo de la historia manejaron a su antojo las riendas de este mundo. Para desdramatizar un poco el tema, pondré el ejemplo más amable que me viene a la memoria: es el caso de Harry Lime, el personaje interpretado por Orson Welles (quién mejor para el papel) en aquella inmensa película que lleva por título El tercer hombre. Allí, en el Prater de la Viena de posguerra, seguro que se acuerdan, Holly y Harry se encuentran en la cabina de la noria a una altura de vértigo; y el bueno de Holly intenta que su antiguo amigo Harry (aquel perverso de sonrisa encantadora, Orson Welles, repito) reflexione seriamente sobre lo que estaba haciendo, apelando a las víctimas que causaba su infame negocio de penicilina adulterada. Y Harry, abriendo la puerta de la noria, poniéndonos los pelos de punta a todos, le responde: “¿Víctimas? No seas melodramático. Mira ahí abajo. ¿Sentirías compasión por alguno de esos puntitos negros si dejara de moverse? Si te ofreciera 20.000 dólares por cada puntito que se parara, ¿me dirías que me guardase mi dinero, o empezarías a calcular los puntitos que serías capaz de parar? Y libre de impuestos, amigo, libre de impuestos…” 

Y libre de impuestos, amigo. Genial. Ningún tratado o manual de psiquiatría define tan gloriosamente la perversión (¡el re-godeo mental del perverso!) como esa magistral escena de El tercer hombre. Pues efectivamente, el perverso no es solo aquél que “no tiene conciencia” (hasta el punto de cometer las mayores impiedades con esos meros objetos de usar y tirar que son para él las personas), sino que además, él se define también por intentar convencernos de que, a fin de cuentas, su perversión no es para tanto, que es lo más normal del mundo, vamos. Más allá de la común indignación, este es el concreto y objetivo error: el perverso cree que su consciencia ha alcanzado la última verdad (bien mirado, al final somos nada); pero sin querer saber nada sobre su propia nadidad, la cual niega con una última mentira, con un último fiestongo psíquico, este es, su ansia de “ser total, sin agujeros. El perverso hace de la verdad un regodeo cínico, con el cual pretende mantener su mente plena, pletórica, a salvo, o sea exenta de remordimientos. Pues no es cierto que no seamos nada (como dice el más tonto en los entierros, o el perverso para sentirse por encima de quien sea), o por lo menos es cuestión que deberíamos matizar muy cuidadosamente: lo que ocurre es más bien que cualquier “ser” (que pretendamos ser) orbita alrededor de una nada, lo cierto es que nuestro ser deseante (superyoico, insatisfecho) da vueltas y revueltas, al final, sobre nada. Eso sí es verdad, pero completamente diferente a la “verdad” que intenta hacernos tragar el perverso. En todo caso, consideren que cualquier verdad que mata, cualquier verdad que pretenda cerrarnos la boca para siempre, no es auténtica verdad, sino lamentable falacia interesada.

En definitiva, Harry, o cualquier otro inconsciente de su calibre, repudia la incompletud de ser que nos afecta (esa que en principio nos angustia), precisamente porque eso está en relación con nuestra libertad. ¡Sorprendente, pero es así!: se necesita un espacio, un silencio, una pausa, una paz para que nazca, precisamente, nuestra más liberada consciencia. Lo que pasa es que la gente confunde su mente (su pensamiento, sus elucubraciones) con la consciencia. ¡Grave error! Ya que por el contrario, es en los raros momentos, o en los micro momentos en los cuales nuestra mente o pensamiento hace mutis por el foro (¡cuando por fin nuestra “mentalidad” se acalla y nos deja en paz!) que puede emerger la más libre consciencia, aquélla desembarazada de engaños, para decirlo rápido, para que todos lo entendamos.

En conclusión, al final somos consciencia. Es la última y más genuina naturaleza humana, ser conscientes, al margen de que incluso los mejores neurólogos no se atrevan a definir del todo en qué consiste ese misterioso fenómeno de la consciencia. Por otro lado, algunos espiritualistas llegan a decir que esa última consciencia nuestra es la del universo, o la de Dios. Celebraría que así fuera, pues en ese caso Dios debe ser la cosa más humilde y menos pretenciosa que usted se pueda imaginar. Ya que esa última incorruptible consciencia nuestra (incorruptible, tomen nota los políticos) es totalmente impersonal (está vacía de “ser”, y de toda sufrida ampulosidad que concierna al ser), no aspira a nada, ni juzga inquisitorialmente a nadie, y en fin, esa consciencia es tan humilde que, como suele decirse, no se las da de nada. No cabe duda, pues, de que Dios debe ser una buena persona. Y quizás sea esa la trascendencia humana: ser conscientes. O sea, ser buenas personas. A partir de una consciencia tal que, siendo indeciblemente profunda, a la vez es humilde hasta el punto de insultar (¡ahí el problema!) a nuestro infinitamente orgulloso y divino “Yo”.


Ramón García Durán © 2015







La música maravillosa, inolvidable, de Anton Karas... 



Anton Karas, ¡tocando en vivo y en directo su cítara!



La escena de la noria. Que ustedes la disfruten.


martes, 11 de agosto de 2015

¿Es imprescindible el yo, o la identidad? (Impromptu n.º 1)

Bongo
Cualquiera puede constatar que el yo (o la identidad) no es imprescindible para la vida. Les pongo el caso de mi perro. Por entrañable que sea el animalillo, no obstante mi perro no tiene un yo, a la manera de los seres humanos. Como demuestra el hecho de que a él le es prácticamente indiferente encontrarse ante un espejo. Yo no sé hasta qué punto el can se reconoce a sí mismo, pero en todo caso es seguro que en esa circunstancia (en el encuentro ante el gran espejo instalado en algunos ascensores, por ejemplo) él, mi noble perro Bongo, no se dice a sí mismo: hoy me veo guapo, o bien, hay que ver cómo pasan los años, etc., etc. Decididamente, mi perro ni goza, ni tampoco sufre ese “Yo” (con mayúscula), esa regodeada identidad tan exclusivamente propia del Homo sapiens sapiens.



Y hay otra cosa que también nos avisa sobre la futilidad de la aparentemente imprescindible identidad, esto es: cuando uno duerme profundamente, no hay ni yo ni identidad en absoluto. En eso consiste, precisamente, el descanso. Es así, en el sueño profundo descansamos, qué sé yo, del orgullo, de las más inamovibles convicciones o fes, de nuestras angustias y miedos, pero también de nuestras nunca satisfechas ambiciones, y en definitiva descansamos, por fin, de cualquier otra entretenida pre-ocupación mental por el estilo. Ya después, al despertar, se “reinicia” el Yo, la Identidad. Como quien dice reiniciar un ordenador, un teléfono móvil o cualquier otro aparato que necesite de una programación preestablecida. ¿Se comprende? Que no estoy hablando de vivir anestesiados, descerebrados, o sin personalidad alguna, eso sería quitarle la mitad de la gracia a la vida. Precisamente al contrario, lo que conviene es despertar, salir de la anestesia. Esto es, si me permite: ríase usted de su yo, de su sagrada identidad. De vez en cuando al menos. Lo mismo es decir: no se crea tan al pie de la letra, tan a rajatabla, tan sufridamente su “Identidad”, su “Yo”, su “Nosotros. Verá qué descanso, qué paz le sobrevendrá a usted mismo, y ya no digamos a los demás que le rodean.


Ramón García Durán © 2015


Mi perro, Bongo, preocupado por el futuro...



"Volver", interpretado por Gardel,
tango preocupado en el pasado.





Animales y espejos: un tema interesante, pero no fácil.