Premonición de la guerra civil, de Salvador Dalí (ensayo psicológico)
“El verdadero pintor es aquel que es capaz de pintar
pacientemente una pera rodeado de los tumultos de la historia”.
Salvador Dalí
Gala y Dalí, felices
Uno de los cuadros más impresionantes del gran
Salvador Dalí (quizás el catalán más universal de todos los tiempos) es sin
duda el que lleva por título Construcción blanda con judías hervidas (Premonición de la Guerra Civil). Es cierto que Dalí era una
especie de “Avida Dollars” (tal cual sugirió el perspicaz André Breton), pero asimismo
fue una rara avis cuyo profundo canto, cuya sabia mirada no deberíamos desdeñar
en absoluto. Por controvertido que fuera el personaje, Dalí fue un hombre irrepetiblemente
auténtico. Lo fue porque, a pesar de todo su histrionismo (el cual a mí me
divertía mucho, he de decirlo), no obstante sabía muy bien cuáles eran sus auténticas
raíces. Dalí nos mostró, nos pintó de hecho, a su inimitable manera, la más
auténtica y originaria raíz del ser humano, esta es, el inconsciente.
Rómulo y Remo,
los más célebres niños-lobos
¿Qué es eso del inconsciente,
o del Ello, como también decía Freud?
Para entenderlo, en primer lugar deberíamos aceptar que el “ser” humano, el “ser”
de cualquiera de nosotros, no es cosa tan obvia como creemos (por eso suelo
escribirlo entre comillas). Sin ir más lejos, ningún recién nacido dispone
exactamente de un “Yo”, o lo que es lo mismo, que ningún bebé o infanstiene de entrada una mente propia (tabula rasa, decía el también muy perspicaz
Santo Tomás de Aquino). De tal modo que la mente humana se va configurando, se va estructurando
a partir de las relacionesque el pequeño humano establece con otros, en
principio con aquéllos que le cuidan más directamente. El ejemplo más dramático
quizás sea el de los llamados niños-lobos (o salvajes). Niños que, habiendo sido abandonados
en el campo justo después de nacer, fueron acogidos, amamantados y criados por
lobas. Algunos fueron después rescatados de las selvas: aquellas desgraciadas
criaturas, genéticamente humanas, empero se comportaban a la manera de sus
padres adoptivos; andaban y corrían como cuadrúpedos, gruñían, olisqueaban a
considerable distancia el menor trozo de carne, e incluso aullaban por las
noches, a la espera de la respuesta de su manada. Igualito que los lobos. Aquellos
pobres chicos no llegaron a acceder al lenguaje (las estructuras cerebrales que
permiten el lenguaje no maduran sin el contacto con otros seres hablantes), y nunca
adquirieron, pues, la mente o aparato psíquico que caracteriza propiamente al
ser humano.
Tebeo de mi época...
Hechos comprobados que nos aproximan al fenómeno, asimismo
real, de lo que Freud llamó el “inconsciente”. El inconsciente, o el Ello, es de hecho nuestra mente o mentalidad más primitiva o ancestral; el inconsciente es la raíz más atávicadel
psiquismo relacional humano, y esencialmente consiste en la colección de los
más arcaicos guiones o libretos relacionales en nosotros establecidos (no son
exactamente recuerdos reales, se trata más bien de representaciones fantasmáticas,
chocantemente oníricas, cargadas de tensiones, impulsiones, pasiones y
sentimientos); el inconsciente es como un auca o aleluya, o como un viejo
tebeo de los de antes, donde se dibujan las simples viñetas a las cuales nos
identificamos, estampas con argumentos sencillos y directos, básicos modelos que
nos dan las pautas de nuestras relaciones intersubjetivas, a lo largo de toda
nuestra vida. Y todo, sin nosotros saberlo.
Por simples y primitivos que parezcan tales inconscientes
libretos, no obstante son los auténticos reguladores y distribuidores de
nuestro deseo, del ansia o sed deseante, o sea de nuestro vivir cotidiano, en muchísimos
aspectos. Y si bien al cabo del tiempo el deseo humano adquiere su dimensión
propiamente adulta (la dimensión “adulta” del deseo es aquella del triángulo amoroso, tan propio de cualquier drama o comedia teatral), empero esas originarias
pautas nunca abandonan del todo su carácter arcaico, animalesco, impulsivo e imperativo,
primitivamente dual, del tipo atacante-atacado, víctima-victimario,
agresor-agredido, devorador-devorado. Eso es, en gran medida, el inconsciente o Ello. Dalí lo sabía, de primerísima mano. E incluso fue más allá.
De ahí la ominosa atmósfera que inunda la obra objeto
de nuestro estudio, es debido a que, en la premonición
de la guerra civil de Salvador Dalí (1936), se encuentra la más vibrante representación
de aquel más allá del principio del placer que Freud llamara la pulsión de muerte. Independientemente de
que yo no esté de acuerdocon la solución teórica que el ilustre psicólogo dio
al fenómeno (ya explicaré en otra ocasión mi personal perspectiva de la pulsión
de muerte), no obstante el nombre que Freud le dio a la cosa no podría ser más
acertado. En definitiva, Freud llamaba “pulsión de muerte” tanto a las
tendencias agresivas (hacia el otro), como al impulso a la autodestrucción. Efectivamente,
ambas cosas suelen ir juntas. El ejemplo por antonomasia fue Hitler. Del cual
el mismo Salvador Dalí dijo (cito de memoria) que era un “masoquista integral”,
pues aquel hombre pretendía provocar una guerra, pero para luego “perderla
heroicamente”. Se comprobó después que, efectivamente, lo que secretamente
movía a aquel ultra vulgar dirigente político fue procurarse su propia
destrucción, no sin antes llevar a la ruina a su pueblo. Dalí, profundísimo
psicólogo, también acertó, pues, en esta otra premonición o vaticinio.
Saturno, Goya
Para entender el contenido latente que yace en el
cuadro de Dalí, basta con observar lo manifiesto: ahí encontramos, como
protagonista central, a ese irreal gigantón (¿no les recuerda al goyesco Saturno,
devorador de sus propios hijos?), ciclópeo fantoche dedicado apasionadamente a
desmembrase, a autodestruirse a sí mismo. Y no obstante, el monstruoso humanoide,
lejos de estar cariacontecido, por el contrario muestra en su rostro un gozo paroxístico,
como un éxtasis grotesco, francamente turbador. Es que se trata del más allá del
placer, o de la satisfacción. Se trata, incluso, del más allá de la satisfacción
sexual; la cual está representada tanto por el subrepticio falo (que se dibuja en el brazo que surge de la “pierna” izquierda del gigante, en el boceto preparatoriode Dalí, de 1935, el efecto no era tan descarado), como asimismo se simboliza por
el pecho, ya tumefacto, del cual el onanista coloso aún pretende sacar algo.
Pero de esa teta ya no sale nada, ni la más mínima gota. Trapezoidal pero
reconocible ser humano que, si ustedes se fijan bien, literalmente está defecándose
a sí mismo (“cagarse (a sí mismo) la vida” es expresión popular en mi país). Solo
parece salvarse del mortífero espectáculo el cabizbajo farmacéutico del Ampurdán,
aquel “que no buscaba absolutamente nada”, o bien que no quería saber nada, quizás
acogiéndose a ese último recurso, humanísimo, del mirar para otro lado.
Estudio previo de Dalí, 1935
si bien otros dice que se remonta a 1934
Es el momento de la emergencia de la pulsión de
muerte, lo cual sucede cuando la mente humana, por diversas circunstancias
(crisis económicas, etc.), empieza a retraerse y a mirarse a sí misma en sus
propios espejos, comienza a convencerse de sus propios argumentos, y, llegando
a identificarse con los más arcaicos y vehementes preceptos en ella inscritos,
esa mente nuestra se vuelve pletórica(cree que la plenitud del “ser” es
posible), y se convence de que la satisfacción definitiva se puede conseguir. Es
lo que les pasó, de hecho, a todos aquellos autoritarios personajes (de la
época del cuadro de Dalí) que creyendo ser una raza superior, convencidos de ser
insuperables, no obstante y paradójicamente tuvieron que comprobarlo, metiendo al
mundo entero en una guerra, la peor que se haya visto, hasta el momento; y
siguiendo esa lógica absurda, onírica o surrealista, aquellos hombres henchidos
de sí mismos a la par necesitaron convencerse de la existencia de castas,
pueblos, o naciones inferiores, al lado mismo de la suya propia. Porque en
definitiva el inconsciente es así, no
entiende ni atiende a otra dialéctica que no sea la sadomasoquista. Es la
“lógica” dualista del Ello: la
dialéctica del inconsciente es, efectivamente, la del amo y el esclavo, o la
del asediador-asediado, opresor-oprimido, etc. Esa es la percepción propia de
nuestra mente más arcaica, más acéfala.
A partir de ahí, ya podemos comprender que, más allá
de los posicionamientos políticos o ideológicos enfrentados (conscientes y harto
elegantemente argumentados por unos y otros), en el fondo se juegan los goces inconscientes
que fluyen o se excretan desde la ubre de nuestra mente ancestral. Esas fruiciones
primitivas, estando ahí en potencia, periódicamente buscarán una excusa para
reeditarse; el más banal quítame allá esas pajas pudiera servir de coartada
para reavivar las impulsiones más destructivas que anidan en la caja de Pandora
de la mente humana.
Dalí lo sabía, y cualquiera puede saberlo, si lo
quiere: el juego es tan viejo como la humanidad misma, y consiste en dividir a la gente, enfrentándola en la clásica dicotomía de vencedores (expectantes de su
momento de venganza), y vencidos, (casta inferior que toda raza superior necesita
para confirmarse a ella misma). Completándose así el especular entretenimiento del
que, inconscientemente, o sea sin ellos saberlo, forman parte todos los bandos
contendientes, esto es: el ultragozoso, pero bien mortífero deleite en la destrucción del otro y de sí mismos. Parece mentira que personas inteligentes, sensibles y cultivadas,
se dejen hipnotizar, se dejen convencer para entrar de pleno en ese juego. Pues
si bien reconozco la relativa dificultad para auscultar el inconsciente (no por
nada Ello está bien reprimido), a la
vez considero que, por lo menos, cualquier persona sensata podría percatarse
del tintineo de monedas que resuena en los bolsillos de quienes nos mandan, o
nos empujan a nosotros a las guerras que solo a ellos benefician.