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| Simio superior (bebé gorila) |
Tuvimos ocasión de hablar en un anterior artículo sobre
la primera de las cuatro nobles verdades del Buda, esta es, la verdad, o la
evidencia del sufrimiento humano. Nos toca ahora abordar la segunda de aquellas
reveladoras hipótesis que, a partir de su investigación psicológica, Sidarta
Gautama tuvo a bien compartir con nosotros. Lo cual es ya entrar totalmente en materia, pues esta
segunda verdad es nada menos que la base de la concepción psicológica y
humanística del Buda: es la llamada “verdad
de la causa del sufrimiento”, del sufrimiento de orden psíquico,
esencialmente. Se trata, pues, de la develación del más íntimo origen de la
condición sufriente (desasosegada, afligida, insatisfecha) particularmente
propia del género humano. Conviene repetirlo una vez más: para comprender al
Buda es imprescindible tener presente su amplia concepción del sufrimiento. De
tal modo que cuando Sidarta hablaba de “sufrimiento” (dukkha, en pali), en
realidad se refería a nuestra más genérica condición alienada; es decir, que para
el Buda el sufrimiento de la humanidad era, punto por punto, nuestra misma
condición de alienadas o enajenadas marionetas, movidas por los invisibles hilos
(o condicionamientos) procedentes de nuestra mente de Homo sapiens, ya sabemos, ese simio “superior”, pero al cabo simio,
etc. A esa dolorosa sujeción al brete de nuestra conflictiva mente o psiquismo
(íntimo cepo que aprieta a la humanidad desde su origen, independientemente de
que ella misma se dé cuenta o no), a esa esclavizadora atadura, y a sus
múltiples consecuencias, a eso en conjunto le llamaba el Buda “sufrimiento”.
Pues, bien, la segunda verdad o hipótesis de Sidarta Gautama afirma que la causa
del sufrimiento humano es el deseo, ni más, ni
menos. Qué gran psicólogo, dio definitivamente en el clavo hace ya la friolera
de unos 2500 años. La cuestión es, pues, que el mismo hecho de ser nosotros, los
humanos, seres deseantes (seres dependientes del deseo), ¡esa es precisamente la
causa de que suframos! En definitiva, nuestra propia naturaleza deseante es lo
que inevitablemente causa u origina nuestra condición sufriente. Nunca mejor
dicho, nunca mejor comprendido.
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| Hanuman, mitad simio, mitad hombre. |
Por cierto que explicar el fenómeno del deseo humano,
eso sí que es un verdadero brete. Por lo cual, yo les propongo un sencillo pero
bastante eficaz método, este es, el recurso a la sinonimia. Curiosa capacidad
de la muy gramatical mente humana (esa de encontrarle sinónimos a las palabras)
que nos permitirá como mínimo considerar el deseo más allá de cualquier huera
moralina. Que no digo yo que, como todo buen religioso, no tuviera el Buda su
punto moralista. Pero lo cierto es que Sidarta Gautama, bien leído y
comprendido, tenía una concepción bastante moderna, casi me atrevo a decir,
sobre el deseo. Al respecto, lo mejor será partir del concreto vocablo que en
la colección de los más antiguos sutras budistas (Sutta pitaka, la segunda
parte o “canasta” del Canon Pali) se usa las más veces para hacer referencia al
deseo. Esto es, la palabra tanha (en
pali, en sánscrito: trisna), la cual
literalmente significa “sed”. Siguiendo el método antes mencionado, juguemos a buscarle
sinónimos a este iluminador término:
Por ejemplo, esa sed
de la que hablaba el Buda bien podría ser sinónimo, ciertamente, de
lujuria (la
lujuria es una ansiosa “sed”, qué duda cabe), o valga cualquier palabra
semejante (lubricidad, concupiscencia) capaz de soliviantar a un moralista; y susceptible
de hacer sonreír, por el contrario, a cualquier persona con buen sentido del
humor. Pero también para el casto Buda el deseo iba más allá de eso, precisamente
ahí estuvo su acierto, su genialidad: desde la
óptica de Sidarta el deseo viene a ser cualquier apetito (o sed) en general, desde la más burda y
glotona codicia, hasta el más sutil anhelo o antojo por cualquier objeto (u
objetivo en la vida) que “nos falte”, que creamos que nos hace falta. O sea que
el deseo (tanha) es cualquier aspiración (sed) que uno pudiera tener
(aspiración, pretensión o ambición que en realidad nos tiene o nos posee a
nosotros). Y obsérvese que la palabra sed
(deseo) también podría conllevar la connotación de ansia, o incluso de angustia,
de hecho, la sed puede ser incluso
atormentada; aunque asimismo cualquier esperanza, cualquier sueño ilusionado es
una “sed”, un deseo humano. Y por supuesto que al Buda (perspicaz psicólogo) no
se le escapaba que el deseo tiene sus formas negativas: la aversión, el
rechazo, la antipatía, o el más apasionado odio son, evidentemente, la otra
cara, o el negativo del impulso deseante. Por otro lado, el Buda también se
percató de que el deseo no siempre va a la búsqueda de objetos externos, sino
que también tiene una tendencia o vocación fuertemente centrípeta, o sea
egocéntrica; efectivamente, el mayor objeto de amor de nuestra vida, si hemos
de ser sinceros, en realidad es uno mismo (“uno mismo” es el objeto de amor que
en verdad y generalmente nadie quisiera perder jamás). En fin, es la gran paradoja del deseo: por una parte es nuestro más vigoroso élan vital, pero por otra, es
el talón de Aquiles de cualquiera. Pero no lo miren por su lado más dramático,
yo recomiendo que lo tomen con sentido del humor, así se comprende mejor: por
voraz que fuere, el deseo humano es a la vez tan ingenuo, tan cándido, que
pretende encontrar, por fin, sus definitivos, incondicionales e imperecederos
objetos de satisfacción. No me digan que no tiene su gracia, su aspecto
entrañable. Precisamente por eso, lejos de exhibir un talante sombrío, al Buda siempre
nos lo pintan sonriendo.
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| El Purgatorius, el antepasado de los simios |
Entonces,
¿qué hacer, hay solución para esa encerrona, para ese sufrido pez que se

Buda sonriendo
muerde
eternamente la cola? Es así como llegamos a la tercera noble verdad del Buda, sin
duda la más polémica. Literalmente: “Ésta,
oh monjes, es la Noble Verdad de la Cesación del Sufrimiento. Es la total
extinción y cesación de ese mismo deseo, su abandono, su descarte, liberación,
no dependencia.” (Dhammacakkappavattana
Sutta, más conocido por el Sutra de
Benarés). Pues ya lo ven, el Buda no tenía inconveniente en cortar por lo
sano: en un primer momento, parece ser que dijo que para acabar con el
sufrimiento, antes había que acabar con el deseo. Por extremista que parezca la
proposición, no obstante se comprende: es que el Buda había tenido, o a él le había
visitado la experiencia de nirvana (nibbana, en pali). Un suceso decididamente
inusual, ciertamente. En todo caso ese fue el noble ideal propuesto por el Buda
(a sus monjes, no a los laicos que a él se acercaban), a saber, la extinción
del deseo, como el que apaga una vela de un soplido. Pero también es cierto que
el Buda no se quedó ahí, apoltronado en la placidez de su nirvana.

Trataremos
ese importante tema del nirvana en otro momento, pero ahora es mejor

Otro Buda que sonríe
proseguir
por un camino medio (como diría el mismo Gautama), o sea por un camino comprensible
y asequible para todos. Con lo cual me estoy refiriendo a otra propuesta del Buda
(quizás Sidarta tuvo su evolución, es propio de todo sabio evolucionar en su
pensamiento), la cual se puede resumir así: el verdadero primer eslabón que lo
origina todo (¡o que lo lía todo!, más allá de aquella causa motora del deseo),
el elemento que en verdad inicia la cadena que causa nuestro psíquico
sufrimiento y nuestra alienación, es en realidad nuestra ignorancia (avijja, en pali, avidya en sánscrito). Eso también lo
dijo el Buda: todo se origina en la ignorancia, o sea en nuestro
desconocimiento del funcionamiento de la “máquina”, del aparato psíquico humano,
de nuestra mente deseante y relacional. La extinción de la ignorancia (más que
del mismo deseo), ese es para mí, en más de un sentido, el más lúcido y
pertinente consejo que dio el Buda en aras de la comprensión, y consecuente
emancipación del sobrante sufrimiento humano. Buen punto desde el cual
proseguir un próximo artículo, el último sobre las esenciales verdades
aportadas por Sidarta Gautama. Allí hablaremos, a mi manera, de su última noble
verdad. La más práctica de todas.
Ramón
García Durán © 2015
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| Charles Darwin |
Escena final de "El planeta de los simios" (1968),
una invitación a la meditación, sin duda.







