martes, 20 de octubre de 2015

Sobre el Buda, a mi manera (II)

Simio superior (bebé gorila)
Tuvimos ocasión de hablar en un anterior artículo sobre la primera de las cuatro nobles verdades del Buda, esta es, la verdad, o la evidencia del sufrimiento humano. Nos toca ahora abordar la segunda de aquellas reveladoras hipótesis que, a partir de su investigación psicológica, Sidarta Gautama tuvo a bien compartir con nosotros. Lo cual es ya entrar totalmente en materia, pues esta segunda verdad es nada menos que la base de la concepción psicológica y humanística del Buda: es la llamada “verdad de la causa del sufrimiento”, del sufrimiento de orden psíquico, esencialmente. Se trata, pues, de la develación del más íntimo origen de la condición sufriente (desasosegada, afligida, insatisfecha) particularmente propia del género humano. Conviene repetirlo una vez más: para comprender al Buda es imprescindible tener presente su amplia concepción del sufrimiento. De tal modo que cuando Sidarta hablaba de “sufrimiento” (dukkha, en pali), en realidad se refería a nuestra más genérica condición alienada; es decir, que para el Buda el sufrimiento de la humanidad era, punto por punto, nuestra misma condición de alienadas o enajenadas marionetas, movidas por los invisibles hilos (o condicionamientos) procedentes de nuestra mente de Homo sapiens, ya sabemos, ese simio “superior”, pero al cabo simio, etc. A esa dolorosa sujeción al brete de nuestra conflictiva mente o psiquismo (íntimo cepo que aprieta a la humanidad desde su origen, independientemente de que ella misma se dé cuenta o no), a esa esclavizadora atadura, y a sus múltiples consecuencias, a eso en conjunto le llamaba el Buda “sufrimiento”.

Pues, bien, la segunda verdad o hipótesis de Sidarta Gautama afirma que la causa
Hanuman, mitad simio,
mitad hombre.
del sufrimiento humano es el deseo
, ni más, ni menos. Qué gran psicólogo, dio definitivamente en el clavo hace ya la friolera de unos 2500 años. La cuestión es, pues, que el mismo hecho de ser nosotros, los humanos, seres deseantes (seres dependientes del deseo), ¡esa es precisamente la causa de que suframos! En definitiva, nuestra propia naturaleza deseante es lo que inevitablemente causa u origina nuestra condición sufriente. Nunca mejor dicho, nunca mejor comprendido.

Por cierto que explicar el fenómeno del deseo humano, eso sí que es un verdadero brete. Por lo cual, yo les propongo un sencillo pero bastante eficaz método, este es, el recurso a la sinonimia. Curiosa capacidad de la muy gramatical mente humana (esa de encontrarle sinónimos a las palabras) que nos permitirá como mínimo considerar el deseo más allá de cualquier huera moralina. Que no digo yo que, como todo buen religioso, no tuviera el Buda su punto moralista. Pero lo cierto es que Sidarta Gautama, bien leído y comprendido, tenía una concepción bastante moderna, casi me atrevo a decir, sobre el deseo. Al respecto, lo mejor será partir del concreto vocablo que en la colección de los más antiguos sutras budistas (Sutta pitaka, la segunda parte o “canasta” del Canon Pali) se usa las más veces para hacer referencia al deseo. Esto es, la palabra tanha (en pali, en sánscrito: trisna), la cual literalmente significa “sed”. Siguiendo el método antes mencionado, juguemos a buscarle sinónimos a este iluminador término:

Por ejemplo, esa sed de la que hablaba el Buda bien podría ser sinónimo, ciertamente, de 
El Purgatorius, el antepasado
de los simios
lujuria (la lujuria es una ansiosa “sed”, qué duda cabe), o valga cualquier palabra semejante (lubricidad, concupiscencia) capaz de soliviantar a un moralista; y susceptible de hacer sonreír, por el contrario, a cualquier persona con buen sentido del humor. Pero también para el casto Buda el deseo iba más allá de eso, precisamente ahí estuvo su acierto, su genialidad: desde la óptica de Sidarta el deseo viene a ser cualquier apetito (o sed) en general, desde la más burda y glotona codicia, hasta el más sutil anhelo o antojo por cualquier objeto (u objetivo en la vida) que “nos falte”, que creamos que nos hace falta. O sea que el deseo (tanha) es cualquier aspiración (sed) que uno pudiera tener (aspiración, pretensión o ambición que en realidad nos tiene o nos posee a nosotros). Y obsérvese que la palabra sed (deseo) también podría conllevar la connotación de ansia, o incluso de angustia, de hecho, la sed puede ser incluso atormentada; aunque asimismo cualquier esperanza, cualquier sueño ilusionado es una “sed”, un deseo humano. Y por supuesto que al Buda (perspicaz psicólogo) no se le escapaba que el deseo tiene sus formas negativas: la aversión, el rechazo, la antipatía, o el más apasionado odio son, evidentemente, la otra cara, o el negativo del impulso deseante. Por otro lado, el Buda también se percató de que el deseo no siempre va a la búsqueda de objetos externos, sino que también tiene una tendencia o vocación fuertemente centrípeta, o sea egocéntrica; efectivamente, el mayor objeto de amor de nuestra vida, si hemos de ser sinceros, en realidad es uno mismo (“uno mismo” es el objeto de amor que en verdad y generalmente nadie quisiera perder jamás). En fin, es la gran paradoja del deseo: por una parte es nuestro más vigoroso élan vital, pero por otra, es el talón de Aquiles de cualquiera. Pero no lo miren por su lado más dramático, yo recomiendo que lo tomen con sentido del humor, así se comprende mejor: por voraz que fuere, el deseo humano es a la vez tan ingenuo, tan cándido, que pretende encontrar, por fin, sus definitivos, incondicionales e imperecederos objetos de satisfacción. No me digan que no tiene su gracia, su aspecto entrañable. Precisamente por eso, lejos de exhibir un talante sombrío, al Buda siempre nos lo pintan sonriendo.

Entonces, ¿qué hacer, hay solución para esa encerrona, para ese sufrido pez que se
Buda sonriendo
muerde eternamente la
cola? Es así como llegamos a la tercera noble verdad del Buda, sin duda la más polémica. Literalmente: “Ésta, oh monjes, es la Noble Verdad de la Cesación del Sufrimiento. Es la total extinción y cesación de ese mismo deseo, su abandono, su descarte, liberación, no dependencia.” (Dhammacakkappavattana Sutta, más conocido por el Sutra de Benarés). Pues ya lo ven, el Buda no tenía inconveniente en cortar por lo sano: en un primer momento, parece ser que dijo que para acabar con el sufrimiento, antes había que acabar con el deseo. Por extremista que parezca la proposición, no obstante se comprende: es que el Buda había tenido, o a él le había visitado la experiencia de nirvana (nibbana, en pali). Un suceso decididamente inusual, ciertamente. En todo caso ese fue el noble ideal propuesto por el Buda (a sus monjes, no a los laicos que a él se acercaban), a saber, la extinción del deseo, como el que apaga una vela de un soplido. Pero también es cierto que el Buda no se quedó ahí, apoltronado en la placidez de su nirvana.

 

Trataremos ese importante tema del nirvana en otro momento, pero ahora es mejor
Otro Buda que sonríe
 proseguir por un camino medio (como diría el mismo Gautama), o sea por un camino comprensible y asequible para todos. Con lo cual me estoy refiriendo a otra propuesta del Buda (quizás Sidarta tuvo su evolución, es propio de todo sabio evolucionar en su pensamiento), la cual se puede resumir así: el verdadero primer eslabón que lo origina todo (¡o que lo lía todo!, más allá de aquella causa motora del deseo), el elemento que en verdad inicia la cadena que causa nuestro psíquico sufrimiento y nuestra alienación, es en realidad nuestra ignorancia (avijja, en pali, avidya en sánscrito). Eso también lo dijo el Buda: todo se origina en la ignorancia, o sea en nuestro desconocimiento del funcionamiento de la “máquina”, del aparato psíquico humano, de nuestra mente deseante y relacional. La extinción de la ignorancia (más que del mismo deseo), ese es para mí, en más de un sentido, el más lúcido y pertinente consejo que dio el Buda en aras de la comprensión, y consecuente emancipación del sobrante sufrimiento humano. Buen punto desde el cual proseguir un próximo artículo, el último sobre las esenciales verdades aportadas por Sidarta Gautama. Allí hablaremos, a mi manera, de su última noble verdad. La más práctica de todas.

 

Ramón García Durán © 2015




Charles Darwin




Escena final de "El planeta de los simios" (1968), 
una invitación a la meditación, sin duda.



 

sábado, 3 de octubre de 2015

Sobre los “beneficios” de la meditación, o sobre la meditación a la americana


“No es signo de buena salud el estar bien adaptado a una sociedad profundamente enferma.”

Jiddu Krishnamurti


Dice el refrán que el infierno está empedrado de buenas intencionesY es una grandísima verdad. Verdad o realidad que incluso ha afectado –lo cual ya es el colmo de la paradoja- al terreno de la espiritualidad o de la religiosidad. Piensen, por ejemplo, en aquella antigua institución, de infausta memoria, llamada Santa Inquisición: prueba evidente (entre otras) de que la mente humana, la más normal y corriente, puede llegar a enajenarse hasta el punto de interpretar al revés, justo en el sentido diametralmente opuesto, los consejos aportados por los más indiscutibles sabios. La meditación no se salva, por descontado, de esa conservadora tendencia psíquica que a los seres humanos nos impulsa a hacer agua de borrajas de todo lo que en origen fuera auténtico. Valgan las siguientes notas al respecto:

Detalle del infierno, según El Bosco
Empezando por decir que la meditación no podría ser nunca un producto de consumo, uno más de entre tantos disponibles en aras de ese bienestar del cual disfrutan, al parecer, nuestras más modernas y avanzadas sociedades. Pues téngase en cuenta que la meditación conlleva, al menos en un primer momento, una cierta incomodidad, un cierto malestar, si bien harto productivo: se trata de ese malestar, o mejor dicho, de esa molestia narcisista que acompaña necesariamente a cualquier verdadero “conócete a ti mismo”. Así, pues, la meditación no es tanto un ejercicio que “va bien” para esto o para aquello otro; que no voy a discutir ahora sus efectos saludables (con suerte y viento a favor, es cierto que la meditación puede llevarse por delante esos síntomas neuróticos, o sea netamente psíquicos, que más o menos a cualquiera le amargan la vida); pero más allá de sus efectos terapéuticos, la meditación es esencialmente una vía de acceso al más profundo re-conócete a ti mismo, del cual, no por nada, hablaban los antiguos sabios. No digo yo que esa sea toda la verdad y nada más que la verdad, pero sí es la incómoda verdad (para nuestro narcisismo, para nuestro ego) que no debe esconderse a nadie.

Más detalles del infierno
Bien mirado, en el fondo de todos esos malentendidos se encuentra una concepción excesivamente utilitarista de la meditación, la cual lleva a interpretarla, o a venderla como una especie de técnica anti-stress que nos aporta beneficios. Como por ejemplo, el rendir mejor en el trabajo, y cosas así de prácticas. Es el caso, sin ir más lejos, de lo que suele llamarse mindfulness (y que yo llamo, si se me permiten la afable broma, la meditación a la americana, o mejor dicho, a la estadounidense). Al respecto, hace poco leí, en una revista especializada en el mundo de los negocios y las finanzas publicada en los Estados Unidos de América, esta joya: En lo psicológico, los estudios han demostrado que incluso unas pocas sesiones de entrenamiento en la meditación de la atención plena [mindfulness] tienen significativos efectos positivos en la capacidad de concentración, así como en la autorregulación de las emociones, incluyendo la reducción del estrés, la disminución de la ansiedad, de la depresión, de la ira y la fatiga. De tal modo que es bueno para la salud: el mindfulness mejora el bienestar y aumenta el rendimiento.” A lo cual puede añadirse esta guinda, asimismo literal: “Si usted es un líder de la gente o un aspirante a serlo, convertirse en alguien más consciente podría llegar a ser justamente su arma secreta.”  Quién podría negar, a partir de ahí, que efectivamente el infierno está empedrado, etc.

Para compensar, uno de los rincones más bellos de 
El jardín de las delicias (Hieronymus Bosch)
Aunque ya me parece bien que los directivos de todas esas potentes multinacionales y todopoderosos bancos hayan abierto sus puertas a la “meditación”, al menos a la meditación según ellos; ya que por poco que se colara por ahí la genuina autenticidad de tal ejercicio, ¡esa podría ser la grieta a partir de la cual se arreglara el mundo! Pero aparte de bromas, supongo que ustedes ya van viendo que la meditación, lo que se dice la meditación, no puede ser eso, o sea un astuto método que nos facilite la “adaptación”, el seguidismo, o el acomodo sin reservas nada menos que a este mundo que nos está tocando vivir. En fin, que cada cual lo entienda a su manera, pero no hasta el punto de invertir hasta el absurdo las más nobles verdades.

Porque es precisamente al revés: la meditación, lejos de ser cosa acomodaticia, por el contrario es profundamente revolucionaria. En el más pacífico sentido, sí. Pero también en el más hondo significado de la palabra: la meditación es revolucionaria porque ella derroca al “régimen anterior”, porque depone o destrona lo que de verdad interesa ante todo destronar, esto es, nuestras psíquicas dictaduras, nuestros más íntimos edictos mentales, ante los cuales pagábamos sufrido y alienante tributo. No, la meditación no es un arma para que usted compita mejor -¡a quién se le pudo ocurrir tamaño disparate, tamaña perversión de la verdad!-, ni le ayudará a tener más éxito al menos en este tipo de vida que nos hacen vivir. De hecho, espero no defraudar a nadie por decir que la meditación es, sencillamente, una oportunidad para humanizarnos. Una buena ocasión para descubrir esa humana sensibilidad, humilde, pero muy clara, que nos permite darnos cuenta, hasta el fondo, de la pertinencia de las palabras del sabio, cuando valientemente se atrevió a decir: “No es signo de buena salud el estar bien adaptado a una sociedad profundamente enferma.”


Ramón García Durán © 2015



* Posdata: Es de justicia aclarar que mi crítica se refiere exclusivamente a las interpretaciones más confundidoras de la meditación, o a las derivaciones de talante más reaccionario -para decirlo más claro- que hoy podamos hallar bajo el nombre de Mindfulness. Otra cosa son los planteamientos que, encontrándose bajo la misma demasiado genérica denominación, no obstante a mi juicio son francamente plausibles (adecuación del ejercicio para personas que sufren dolor crónico, introducción de la meditación en las cárceles, etc.). De hecho, después de haber consultado lo realmente expuesto en algunos libros de Jon Kabat-Zinn (médico y biólogo estadounidense que primeramente acuñó la “marca” Mindfulness), no me extrañaría que él mismo se mostrara crítico, quizá, con algunas interpretaciones actuales de sus propuestas originarias. En todo caso, para aclarar definitivamente mi personal posición, quisiera por último compartir las palabras de Bhikkhu Bodhi, monje budista (¿quién mejor conocedor de estas cosas que un noble monje budista?) el cual un día tuvo a bien decir: Ausentes de crítica social aguda, las prácticas budistas pueden ser fácilmente utilizadas para justificar y estabilizar el statu quo, convirtiéndose en un refuerzo del capitalismo consumista. Yo mismo no podría haberlo dicho mejor en mi vida.




El entrañable Jiddu Krishnamurti, mecido por el viento...





La Lupe, otra auténtica, cantando con toda su alma
el precioso bolero "Puro teatro"...