miércoles, 23 de diciembre de 2015

Noche de paz

En el principio no había nada. No había espacio, tampoco había tiempo, porque esto era antes del tiempo. Por casualidad hubo una fluctuación… nació una existencia rudimentaria… Cosas extremadamente sencillas, salidas de la nada.

Cómo crear el mundo. Peter W. Atkins


La pequeña capilla de Oberndorf, Austria, en memoria del célebre
villancico Noche de Paz (Stille Nacht)


Todo es bastante más sencillo de lo que imaginamos. De hecho, si usted se da cuenta, la verdadera especialidad del hombre, aquello que con diferencia el Homo sapiens sabe hacer mejor, es complicarse la vida. A partir de lo cual llegamos a una conclusión interesante, esta es, que el problema de la humanidad, antes de ser político o económico, es esencialmente de orden psicológico. Y hasta que no veamos eso con toda claridad, hasta que no lo aceptemos con inteligente humildad, mientras no afrontemos con decisión (y a la vez con sumo cariño) esa mirada interna siempre postergada (ser humano, reconócete a ti mismo), no habrá manera: seguiremos mareando la perdiz con este o con aquel otro parche, seguiremos con nuestras buenas intenciones, con las cuales volveremos a empedrar el mismo infierno de siempre; seguiremos cambiando meramente los collares a los mismos perros, con idéntica esperanza en no se sabe qué milagro; seguiremos, sin duda, en las mismas, pero ya no por los siglos de los siglos, como suele decirse, pues no podría quedarle tanto tiempo a una especie tan negadora, tan inconsciente, o por lo menos tan rematadamente despistada como la nuestra.

Decididamente, nos complicamos la vida porque nuestra mente es demasiado complicada. Simplifique usted, pues, su mente o mentalidad, ese es el camino: simplifique o aligere al máximo su mente, esto es, permita que de ella caiga (por su propio peso, por su propio absurdo) todo lo sobrante, todos esos superabundantes pero completamente superfluos regodeos mentales que constituyen la más “normal” y corriente alienación humana (o dígase la más común insensibilidad del hombre), deje en el camino limpiamente, generosamente, todo eso que, desde nuestra mente humana, nos impide la paz, la paz para nosotros mismos, y para el mundo en general. Ese es el único camino, el camino de la consciencia humanizada, y todo lo demás son cuentos.

Autógrafo de Noche de Paz, por el compositor de su música,
Franz Xaver Gruber
Pues si usted lo mira bien, esencialmente son dos los elementos imprescindibles para la vida. Aparte de lo puramente físico (aparte del ADN, de los aminoácidos, de las mitocondrias y todo eso), lo verdaderamente indispensable para la vida humana son la paz, y el amor. Precisamente las dos cosas de las que nos hablan los populares villancicos, esos que todavía solemos escuchar, y quizás cantar en navidades. Y no, no es cuestión de concretas adscripciones religiosas, ni tampoco se trata de románticas tontadas. Al contrario, la verdadera tontería, la auténtica alienación humana consiste en pensar (¡dejen ustedes de pensar tanto!) que la paz y el amor son meras entelequias. Ese tipo de alegres convicciones son, ni más ni menos, las que nos llevan directamente a la guerra. Por el contrario, sepa usted que tanto la paz como el amor son realidades como puños, si se me permite así decirlo. Pues si hablamos de la paz, quien tiene paz para sí mismo sabe que ella es perfectamente posible. Y ahí está precisamente la clave, la condición para que la paz del mundo sea posible es permitirnos antes la paz para nosotros mismos, cada cual para sí mismo. No es fácil, lo sé, pero es nuestra responsabilidad: observe su mente (no como el inquisidor, sino con todo su cariño), y dese cuenta de que todo ese sufrimiento (no solo su melancolía, sino asimismo su sufrida ambición) al final da vueltas sobre una pura nada. Usted no se lo creerá, pero es así. Y no es una inhumanidad lo que le estoy diciendo ahora, al contrario, es la puerta de la liberación. O mírelo si acaso de esta otra manera: usted, o cualquiera, tiene el sagrado derecho de evitar que su mente le engañe, de impedir que ella le tenga en un continuo brete, que le traiga frito, que le reviente la vida, para decirlo ya del todo claro. Y en cuanto al amor, como esa quizás sea, paradójicamente, la palabra más prostituida del diccionario, yo prefiero usar el término compasión. ¿Cree usted que la compasión es asimismo un imposible, que se trata meramente de otro cuento chino? Pues compruébelo usted mismo: si usted observa los movimientos de su mente (con calma, sin opinar nada al respecto, simplemente obsérvela, sin más), entonces tarde o temprano se dará cuenta, para su sorpresa, de la inmensa trampa en la que estaba encerrado. Y a partir de ahí verá lo que le ocurre a usted: su consciencia se simplifica, se pacifica, se desprejuicia y se humaniza, e indefectiblemente se hace compasiva. Porque en ese mismo instante, usted igualmente cayó en la cuenta de que los demás siguen en la misma trampa, en el mismo sufrido brete al cual antes usted estaba sujeto, atado y bien atado.

Así que no nos compliquemos tanto, pues aun siendo hasta cierto punto misterioso el hecho humano, no obstante todo es más sencillo de lo que nuestra mente nos quiere hacer ver. Dejémonos pues, por ejemplo, de tanto escribir la palabra trascendencia” con mayúscula, mejor sería abogar por una vida más sencilla, más en sintonía con nuestro humilde y común origen, este es, una casual y momentánea emergencia de la nada. En resumen, no lo compliquemos tanto todo, pues ya lo ven, al cabo se trata simplemente de ser buenas personas. De no ser del todo mala gente, al menos. Por último, ya que algunos no van a tener estas fiestas precisamente felices (por muy fundados motivos), por lo menos les deseo a todos, con todo mi corazón, que tengan unas pacíficas navidades, y el más pacífico año nuevo.


Ramón García Durán © 2015






El villancico Noche de Paz, cantado por el coro
de Santo Tomás de Leipzig. Maravilloso.



Otro estilo de villancico... Niña Pastori nos regala,
con toda su alma, la magia de las navidades
andaluzas por bulerías. Ole.



Carlos Saura, el gran cineasta, comprendió perfectamente
la belleza, sencillísima y a la vez arrebatadora, propia de
los villancicos de gloria, esos que aún se cantan en
las nochebuenas (noche de paz, noche de amor) de Jerez.



Fuentes de las fotografías:
https://talktomeaboutaustria.files.wordpress.com/2013/12/stille-nacht-kapelle-oberndorf-stadt-laufen.jpg
https://upload.wikimedia.org/wikipedia/commons/e/eb/Stille_nacht.jpg
https://aquevineadondevoy.files.wordpress.com/2014/12/navidad.gif?w=660

sábado, 28 de noviembre de 2015

París

“... Me refugio en el Señor del alba / del mal que hacen su propias criaturas...”

El Corán (Sura 113, El alba)


Paseaba yo un día por París (hace ya muchos años de esta anécdota), recorriendo uno de los amplios bulevares que bordean esa enorme catedral del Arte que es el Louvre, cuando de pronto, me detuve: desde la misma calle, a través de uno de los grandes ventanales del museo, podía divisarse un esbelto y elegante monolito, una misteriosa estela de color oscuro. Qué suerte tienen estos parisinos (pensé), pues ya simplemente paseando, así como el que no quiere la cosa, a diario pueden disfrutar de maravillas tan excepcionales como el código de Hammurabi... El código de Hammurabi, ese ancestral pedrusco que, asomando su cabeza por una ventana del museo del Louvre, proclama a los cuatro vientos la ley del Talión, ojo por ojo, diente por diente, etc., etc. Es posible que ya en aquella época remota algún adelantado se diera cuenta, calladamente, del Talón de Aquiles del cual adolece tal famosa protojurisprudencia, esto es: aplicar la ley del Talión implica, tarde o temprano, que todos acabemos ciegos, y encima desdentados.
El código de Hammurabi, visible,
efectivamente, desde el exterior
del Museo del Louvre.

Lo cual no quiere decir que tengamos que dejarnos matar. Dejarse matar me parece un pecado tan grave, tan abyecto como el de dedicarse a matar o a masacrar al prójimo. Efectivamente, de la barbarie no solo tenemos el derecho, sino el deber de defendernos, tanto a nosotros mismos, como a nuestros convecinos. Pero asimismo tenemos el deber de la consciencia, o el derecho a percatarnos por fin de las causas últimas del despropósito humano. De lo contrario, será el cuento de nunca acabar (ojo por ojo, ceguera por ceguera, dolor por dolor). En aras de romper ese cruel nudo gordiano, empecemos por dedicar nuestra atención, es lo oportuno, al curioso caso del fanático.

¿Qué es en el fondo un fanático, ya se mueva este por una ideología religiosa o de cualquier otra especie? Para comprenderlo, podemos partir de esta genérica y sencilla definición: un fanático es aquel que se apega y aferra furibundamente, con uñas y dientes, con fe ciega y sin holgura alguna, a su sagrada mentalidad. Pues ese es su verdadero templo, el cual defiende a capa y espada, no se trata de esta o aquella otra religión, no se trata del respeto hacia ningún dios, lo que en verdad reverencia e idolatra el fanático, bien mirado, es su sacrosanta e intocable mentalidad, su amadísimo pensamiento, al cual se aferra como si en ello le fuera la vida. A partir de ahí, supongo que usted ya se dio cuenta: lo más inquietante del fanatismo, efectivamente, es observar que, según cómo, cualquiera de nosotros podría llegar a ser un fanático. Al menos por momentos.

Precisamente porque el fanatismo se fundamenta en algo que atañe a la más cotidiana "normalidad" humana, a saber: todos necesitamos seguridad en nosotros mismos, en nuestro "ser" (psíquico), todos necesitamos sentirnos siendo algo, tanto para nosotros mismos, como para los otros. En definitiva, el fanatismo consiste en tomarse demasiado al pie de la letra, o demasiado a pecho esa entrañable y común necesidad del ser humano. Ya ven que, en todo caso, son inquietudes muy groseramente humanas (más que espirituales) las que mueven al fanático, hasta el punto de que el cielo al que este aspira en realidad es bien mundano. Pues ese paraíso que él anhela consiste en el disfrute, aquí y ahora, de una mente plena, sin fisuras, mente o mentalidad por fin a salvo de dudas (por la vía de estar atiborrada de preceptos) la cual le otorga el práctico beneficio de eximirle de las incertidumbres de la vida. Un anhelo decididamente mundanal, más que espiritual, como decía. Todo lo cual nos indica que el fanático, más que un loco, es la caricatura exagerada de la psíquica alienación que afecta a cualquiera; me refiero a esa normal enajenación que consiste en la plena identificación (o total falta de distancia) con la mente o mentalidad propias, con la propia "identidad". El problema del fanático, si bien amplificado al límite, es aquel famoso, aquel ansioso dilema del "ser, o no ser"; esa es la cuestión no solo para Hamlet, sino para cualquiera. Es por ello que, paradójicamente, del fanático podemos aprender lo que es la compasión, aunque sea por la vía de lo negativo.


La encajera, de Vermeer,
también en el Louvre,
nunca me lo pierdo...

Esto es lo que nos enseña el fanático y el fenómeno del fanatismo: desde ninguna mente plena o pletórica, desde ningún completamente seguro “ser” puede derivarse la piedad, o la compasión. Porque la compasión es precisamente la percepción de la falta de ser que al otro le aqueja, agujero de ser (o dígase falta de sentido de la vida) que existe e insiste en el centro del alma o del psiquismo de todo ser humano. Por eso la compasión no es ningún romanticismo, sino, por el contrario, es algo muy real, es de hecho la mayor inteligencia humana: la compasión es la comunión, es el compartir lo único que a buen seguro no nos separa, lo único real que a ciencia cierta nos hermana, esto es, la incompletud del “ser”, la imposibilidad de alcanzar un ser absolutamente pleno, seguro, a salvo del sufrimiento, a salvo de la vida y de la muerte. Por cierto, no se le ocurra a usted explicarle estas cosas a un fanático, no solo por aquello del “no echéis vuestra perlas delante de los cerdos” (como bien dijera el Buda, y al cabo de algunos años, el Cristo), sino porque además le puede costar a usted muy caro. Es debido a que cualquier fanatismo es, de facto, la rabiosamente apasionada negación de ese agujero de ser el cual, si bien nos angustia, a la vez es la misma paz, la puerta hacia nuestra liberación. Hacia la liberación del ansia de ser, justamente.

Defendámonos, pues, pero con plena consciencia del fenómeno, o sea comprendiéndolo en su más amplia globalidad, considerando las múltiples interdependencias ahí implicadas; defendámonos en primer lugar, con todo derecho, de
Freud "descubrió" un buitre en este
maravilloso cuadro... también
puede verse en el Louvre.
quienes desde los más diversos púlpitos fomentan interpretaciones fanáticas e intolerantes de la vida (a ese respecto, para mi gusto no deberíamos olvidar que es el laicismo, en todo caso, el mejor garante tanto de la libertad religiosa, como de la libertad de cualquiera para no vivir bajo las exigencias de religión alguna). Y sigamos defendiéndonos asimismo de cualquier estado de las cosas que considere a la gente como meros objetos de usar y tirar (según el momento económico, etc.), incluyendo cualquier insolidaria política que provoque en las personas el sentimiento de ser nada, de ser inservibles muebles arrumbados, abandonados a su suerte en la cuneta. Pues, ¿acaso no son tales abusos fuente directa de fanatismo, tanto como cualquier furibundo santón pretendidamente religioso?, y aun es más, ¿acaso no es este estado de las cosas, ya en sí mismo, un a modo de lamentable fanatismo, de inhumana e irracional barbarie sin sentido? Defendámonos, pues, de toda descerebrada impiedad (venga de donde venga) que en vez de impulsarnos hacia la vida, nos lleve de nuevo hacia el bucle melancólico del ojo por ojo y diente por diente, hacia la guerra, o sea hacia la autodestrucción, tarde o temprano.


A todo esto, un amigo, desde París, me lo comunica: en uno de los improvisados túmulos que los parisinos dedican a las víctimas de los recientes atentados, a alguien se le ocurrió, en vez de colocar allí unas flores o una vela encendida, dejar un libro, para quien quisiera hojearlo. En su traducción al español, ese libro lleva por título “El malestar en la cultura”. Hago mío el consejo, sobre todo para los jóvenes: lean libros, libros perfectamente discutibles, libros susceptibles de ser debatidos, o quizás incluso cuestionables, como el más arriba citado; pero libros en todo caso inteligentes, generosos, que den para meditar sobre las causas últimas que impiden nuestra lúcida y pacífica humanidad, lo mismo es decir, nuestra convivencia. Pues los libros indiscutiblemente sagrados, habida cuenta de las lamentables interpretaciones que de ellos hacen quienes no los leyeron con el debido sosiego, ya ven ustedes a dónde pueden llevarnos.


Ramón García Durán © 2015






Jean Jullien es el autor de esta imagen. Un aplauso.


Origen de las imágenes:
https://upload.wikimedia.org/wikipedia/commons/a/a9/Code_of_Hammurabi%2C_16_July_2005.jpg
https://upload.wikimedia.org/wikipedia/commons/0/03/Johannes_Vermeer_-_The_lacemaker_%28c.1669-1671%29.jpg
http://www.biografiasyvidas.com/monografia/leonardo/fotos/leonardo_6.jpg
http://www.jeanjullien.com/

jueves, 5 de noviembre de 2015

Premonición de la guerra civil, de Salvador Dalí (ensayo psicológico)

“El verdadero pintor es aquel que es capaz de pintar pacientemente una pera rodeado de los tumultos de la historia”.

Salvador Dalí


Gala y Dalí, felices
Uno de los cuadros más impresionantes del gran Salvador Dalí (quizás el catalán más universal de todos los tiempos) es sin duda el que lleva por título Construcción blanda con judías hervidas (Premonición de la Guerra Civil). Es cierto que Dalí era una especie de “Avida Dollars” (tal cual sugirió el perspicaz André Breton), pero asimismo fue una rara avis cuyo profundo canto, cuya sabia mirada no deberíamos desdeñar en absoluto. Por controvertido que fuera el personaje, Dalí fue un hombre irrepetiblemente auténtico. Lo fue porque, a pesar de todo su histrionismo (el cual a mí me divertía mucho, he de decirlo), no obstante sabía muy bien cuáles eran sus auténticas raíces. Dalí nos mostró, nos pintó de hecho, a su inimitable manera, la más auténtica y originaria raíz del ser humano, esta es, el inconsciente.

Rómulo y Remo,
los más célebres niños-lobos
¿Qué es eso del inconsciente, o del Ello, como también decía Freud? Para entenderlo, en primer lugar deberíamos aceptar que el “ser” humano, el “ser” de cualquiera de nosotros, no es cosa tan obvia como creemos (por eso suelo escribirlo entre comillas). Sin ir más lejos, ningún recién nacido dispone exactamente de un “Yo”, o lo que es lo mismo, que ningún bebé o infans tiene de entrada una mente propia (tabula rasa, decía el también muy perspicaz Santo Tomás de Aquino). De tal modo que la mente humana se va configurando, se va estructurando a partir de las relaciones que el pequeño humano establece con otros, en principio con aquéllos que le cuidan más directamente. El ejemplo más dramático quizás sea el de los llamados niños-lobos (o salvajes). Niños que, habiendo sido abandonados en el campo justo después de nacer, fueron acogidos, amamantados y criados por lobas. Algunos fueron después rescatados de las selvas: aquellas desgraciadas criaturas, genéticamente humanas, empero se comportaban a la manera de sus padres adoptivos; andaban y corrían como cuadrúpedos, gruñían, olisqueaban a considerable distancia el menor trozo de carne, e incluso aullaban por las noches, a la espera de la respuesta de su manada. Igualito que los lobos. Aquellos pobres chicos no llegaron a acceder al lenguaje (las estructuras cerebrales que permiten el lenguaje no maduran sin el contacto con otros seres hablantes), y nunca adquirieron, pues, la mente o aparato psíquico que caracteriza propiamente al ser humano.

Tebeo de mi época...
Hechos comprobados que nos aproximan al fenómeno, asimismo real, de lo que Freud llamó el “inconsciente”. El inconsciente, o el Ello, es de hecho nuestra mente o mentalidad más primitiva o ancestral; el inconsciente es la raíz más atávica del psiquismo relacional humano, y esencialmente consiste en la colección de los más arcaicos guiones o libretos relacionales en nosotros establecidos (no son exactamente recuerdos reales, se trata más bien de representaciones fantasmáticas, chocantemente oníricas, cargadas de tensiones, impulsiones, pasiones y sentimientos); el inconsciente es como un auca o aleluya, o como un viejo tebeo de los de antes, donde se dibujan las simples viñetas a las cuales nos identificamos, estampas con argumentos sencillos y directos, básicos modelos que nos dan las pautas de nuestras relaciones intersubjetivas, a lo largo de toda nuestra vida. Y todo, sin nosotros saberlo.


Por simples y primitivos que parezcan tales inconscientes libretos, no obstante son los auténticos reguladores y distribuidores de nuestro deseo, del ansia o sed deseante, o sea de nuestro vivir cotidiano, en muchísimos aspectos. Y si bien al cabo del tiempo el deseo humano adquiere su dimensión propiamente adulta (la dimensión “adulta” del deseo es aquella del triángulo amoroso, tan propio de cualquier drama o comedia teatral), empero esas originarias pautas nunca abandonan del todo su carácter arcaico, animalesco, impulsivo e imperativo, primitivamente dual, del tipo atacante-atacado, víctima-victimario, agresor-agredido, devorador-devorado. Eso es, en gran medida, el inconsciente o Ello. Dalí lo sabía, de primerísima mano. E incluso fue más allá.

De ahí la ominosa atmósfera que inunda la obra objeto de nuestro estudio, es debido a que, en la premonición de la guerra civil de Salvador Dalí (1936), se encuentra la más vibrante representación de aquel más allá del principio del placer que Freud llamara la pulsión de muerte. Independientemente de que yo no esté de acuerdo con la solución teórica que el ilustre psicólogo dio al fenómeno (ya explicaré en otra ocasión mi personal perspectiva de la pulsión de muerte), no obstante el nombre que Freud le dio a la cosa no podría ser más acertado. En definitiva, Freud llamaba “pulsión de muerte” tanto a las tendencias agresivas (hacia el otro), como al impulso a la autodestrucción. Efectivamente, ambas cosas suelen ir juntas. El ejemplo por antonomasia fue Hitler. Del cual el mismo Salvador Dalí dijo (cito de memoria) que era un “masoquista integral”, pues aquel hombre pretendía provocar una guerra, pero para luego “perderla heroicamente”. Se comprobó después que, efectivamente, lo que secretamente movía a aquel ultra vulgar dirigente político fue procurarse su propia destrucción, no sin antes llevar a la ruina a su pueblo. Dalí, profundísimo psicólogo, también acertó, pues, en esta otra premonición o vaticinio.

Saturno, Goya
Para entender el contenido latente que yace en el cuadro de Dalí, basta con observar lo manifiesto: ahí encontramos, como protagonista central, a ese irreal gigantón (¿no les recuerda al goyesco Saturno, devorador de sus propios hijos?), ciclópeo fantoche dedicado apasionadamente a desmembrase, a autodestruirse a sí mismo. Y no obstante, el monstruoso humanoide, lejos de estar cariacontecido, por el contrario muestra en su rostro un gozo paroxístico, como un éxtasis grotesco, francamente turbador. Es que se trata del más allá del placer, o de la satisfacción. Se trata, incluso, del más allá de la satisfacción sexual; la cual está representada tanto por el subrepticio falo (que se dibuja en el brazo que surge de la “pierna” izquierda del gigante, en el boceto preparatorio de Dalí, de 1935, el efecto no era tan descarado), como asimismo se simboliza por el pecho, ya tumefacto, del cual el onanista coloso aún pretende sacar algo. Pero de esa teta ya no sale nada, ni la más mínima gota. Trapezoidal pero reconocible ser humano que, si ustedes se fijan bien, literalmente está defecándose a sí mismo (“cagarse (a sí mismo) la vida” es expresión popular en mi país). Solo parece salvarse del mortífero espectáculo el cabizbajo farmacéutico del Ampurdán, aquel “que no buscaba absolutamente nada”, o bien que no quería saber nada, quizás acogiéndose a ese último recurso, humanísimo, del mirar para otro lado.

Estudio previo de Dalí, 1935
si bien otros dice que se remonta a 1934
Es el momento de la emergencia de la pulsión de muerte, lo cual sucede cuando la mente humana, por diversas circunstancias (crisis económicas, etc.), empieza a retraerse y a mirarse a sí misma en sus propios espejos, comienza a convencerse de sus propios argumentos, y, llegando a identificarse con los más arcaicos y vehementes preceptos en ella inscritos, esa mente nuestra se vuelve pletórica (cree que la plenitud del “ser” es posible), y se convence de que la satisfacción definitiva se puede conseguir. Es lo que les pasó, de hecho, a todos aquellos autoritarios personajes (de la época del cuadro de Dalí) que creyendo ser una raza superior, convencidos de ser insuperables, no obstante y paradójicamente tuvieron que comprobarlo, metiendo al mundo entero en una guerra, la peor que se haya visto, hasta el momento; y siguiendo esa lógica absurda, onírica o surrealista, aquellos hombres henchidos de sí mismos a la par necesitaron convencerse de la existencia de castas, pueblos, o naciones inferiores, al lado mismo de la suya propia. Porque en definitiva el inconsciente es así, no entiende ni atiende a otra dialéctica que no sea la sadomasoquista. Es la “lógica” dualista del Ello: la dialéctica del inconsciente es, efectivamente, la del amo y el esclavo, o la del asediador-asediado, opresor-oprimido, etc. Esa es la percepción propia de nuestra mente más arcaica, más acéfala.


A partir de ahí, ya podemos comprender que, más allá de los posicionamientos políticos o ideológicos enfrentados (conscientes y harto elegantemente argumentados por unos y otros), en el fondo se juegan los goces inconscientes que fluyen o se excretan desde la ubre de nuestra mente ancestral. Esas fruiciones primitivas, estando ahí en potencia, periódicamente buscarán una excusa para reeditarse; el más banal quítame allá esas pajas pudiera servir de coartada para reavivar las impulsiones más destructivas que anidan en la caja de Pandora de la mente humana.

Dalí lo sabía, y cualquiera puede saberlo, si lo quiere: el juego es tan viejo como la humanidad misma, y consiste en dividir a la gente, enfrentándola en la clásica dicotomía de vencedores (expectantes de su momento de venganza), y vencidos, (casta inferior que toda raza superior necesita para confirmarse a ella misma). Completándose así el especular entretenimiento del que, inconscientemente, o sea sin ellos saberlo, forman parte todos los bandos contendientes, esto es: el ultragozoso, pero bien mortífero deleite en la destrucción del otro y de sí mismos. Parece mentira que personas inteligentes, sensibles y cultivadas, se dejen hipnotizar, se dejen convencer para entrar de pleno en ese juego. Pues si bien reconozco la relativa dificultad para auscultar el inconsciente (no por nada Ello está bien reprimido), a la vez considero que, por lo menos, cualquier persona sensata podría percatarse del tintineo de monedas que resuena en los bolsillos de quienes nos mandan, o nos empujan a nosotros a las guerras que solo a ellos benefician.

Ramón García Durán © 2015



Construcción blanda con judías hervidas (Premonición de la Guerra Civil)
Salvador Dalí Domènech (1936)






Dalí, irrepetible.



Fuentes de la imágenes:


http://www.salvador-dali.org/media/upload/gif/cache/2_pag_99_3_800.jpg
http://arquehistoria.com/wp-content/uploads/2013/04/romulo-y-remo-1.jpg
http://cloud1.todocoleccion.net/fot/2007/11/10/6395985.jpg
https://upload.wikimedia.org/wikipedia/commons/8/82/Francisco_de_Goya%2C_Saturno_devorando_a_su_hijo_%281819-1823%29.jpg
http://www.museoreinasofia.es/sites/default/files/obras/DE00048.jpg
https://www.salvador-dali.org/cataleg_raonat/imatge.php?imatge=%5CCATIMA%5C0446.jpg&amplia

martes, 20 de octubre de 2015

Sobre el Buda, a mi manera (II)

Simio superior (bebé gorila)
Tuvimos ocasión de hablar en un anterior artículo sobre la primera de las cuatro nobles verdades del Buda, esta es, la verdad, o la evidencia del sufrimiento humano. Nos toca ahora abordar la segunda de aquellas reveladoras hipótesis que, a partir de su investigación psicológica, Sidarta Gautama tuvo a bien compartir con nosotros. Lo cual es ya entrar totalmente en materia, pues esta segunda verdad es nada menos que la base de la concepción psicológica y humanística del Buda: es la llamada “verdad de la causa del sufrimiento”, del sufrimiento de orden psíquico, esencialmente. Se trata, pues, de la develación del más íntimo origen de la condición sufriente (desasosegada, afligida, insatisfecha) particularmente propia del género humano. Conviene repetirlo una vez más: para comprender al Buda es imprescindible tener presente su amplia concepción del sufrimiento. De tal modo que cuando Sidarta hablaba de “sufrimiento” (dukkha, en pali), en realidad se refería a nuestra más genérica condición alienada; es decir, que para el Buda el sufrimiento de la humanidad era, punto por punto, nuestra misma condición de alienadas o enajenadas marionetas, movidas por los invisibles hilos (o condicionamientos) procedentes de nuestra mente de Homo sapiens, ya sabemos, ese simio “superior”, pero al cabo simio, etc. A esa dolorosa sujeción al brete de nuestra conflictiva mente o psiquismo (íntimo cepo que aprieta a la humanidad desde su origen, independientemente de que ella misma se dé cuenta o no), a esa esclavizadora atadura, y a sus múltiples consecuencias, a eso en conjunto le llamaba el Buda “sufrimiento”.

Pues, bien, la segunda verdad o hipótesis de Sidarta Gautama afirma que la causa
Hanuman, mitad simio,
mitad hombre.
del sufrimiento humano es el deseo
, ni más, ni menos. Qué gran psicólogo, dio definitivamente en el clavo hace ya la friolera de unos 2500 años. La cuestión es, pues, que el mismo hecho de ser nosotros, los humanos, seres deseantes (seres dependientes del deseo), ¡esa es precisamente la causa de que suframos! En definitiva, nuestra propia naturaleza deseante es lo que inevitablemente causa u origina nuestra condición sufriente. Nunca mejor dicho, nunca mejor comprendido.

Por cierto que explicar el fenómeno del deseo humano, eso sí que es un verdadero brete. Por lo cual, yo les propongo un sencillo pero bastante eficaz método, este es, el recurso a la sinonimia. Curiosa capacidad de la muy gramatical mente humana (esa de encontrarle sinónimos a las palabras) que nos permitirá como mínimo considerar el deseo más allá de cualquier huera moralina. Que no digo yo que, como todo buen religioso, no tuviera el Buda su punto moralista. Pero lo cierto es que Sidarta Gautama, bien leído y comprendido, tenía una concepción bastante moderna, casi me atrevo a decir, sobre el deseo. Al respecto, lo mejor será partir del concreto vocablo que en la colección de los más antiguos sutras budistas (Sutta pitaka, la segunda parte o “canasta” del Canon Pali) se usa las más veces para hacer referencia al deseo. Esto es, la palabra tanha (en pali, en sánscrito: trisna), la cual literalmente significa “sed”. Siguiendo el método antes mencionado, juguemos a buscarle sinónimos a este iluminador término:

Por ejemplo, esa sed de la que hablaba el Buda bien podría ser sinónimo, ciertamente, de 
El Purgatorius, el antepasado
de los simios
lujuria (la lujuria es una ansiosa “sed”, qué duda cabe), o valga cualquier palabra semejante (lubricidad, concupiscencia) capaz de soliviantar a un moralista; y susceptible de hacer sonreír, por el contrario, a cualquier persona con buen sentido del humor. Pero también para el casto Buda el deseo iba más allá de eso, precisamente ahí estuvo su acierto, su genialidad: desde la óptica de Sidarta el deseo viene a ser cualquier apetito (o sed) en general, desde la más burda y glotona codicia, hasta el más sutil anhelo o antojo por cualquier objeto (u objetivo en la vida) que “nos falte”, que creamos que nos hace falta. O sea que el deseo (tanha) es cualquier aspiración (sed) que uno pudiera tener (aspiración, pretensión o ambición que en realidad nos tiene o nos posee a nosotros). Y obsérvese que la palabra sed (deseo) también podría conllevar la connotación de ansia, o incluso de angustia, de hecho, la sed puede ser incluso atormentada; aunque asimismo cualquier esperanza, cualquier sueño ilusionado es una “sed”, un deseo humano. Y por supuesto que al Buda (perspicaz psicólogo) no se le escapaba que el deseo tiene sus formas negativas: la aversión, el rechazo, la antipatía, o el más apasionado odio son, evidentemente, la otra cara, o el negativo del impulso deseante. Por otro lado, el Buda también se percató de que el deseo no siempre va a la búsqueda de objetos externos, sino que también tiene una tendencia o vocación fuertemente centrípeta, o sea egocéntrica; efectivamente, el mayor objeto de amor de nuestra vida, si hemos de ser sinceros, en realidad es uno mismo (“uno mismo” es el objeto de amor que en verdad y generalmente nadie quisiera perder jamás). En fin, es la gran paradoja del deseo: por una parte es nuestro más vigoroso élan vital, pero por otra, es el talón de Aquiles de cualquiera. Pero no lo miren por su lado más dramático, yo recomiendo que lo tomen con sentido del humor, así se comprende mejor: por voraz que fuere, el deseo humano es a la vez tan ingenuo, tan cándido, que pretende encontrar, por fin, sus definitivos, incondicionales e imperecederos objetos de satisfacción. No me digan que no tiene su gracia, su aspecto entrañable. Precisamente por eso, lejos de exhibir un talante sombrío, al Buda siempre nos lo pintan sonriendo.

Entonces, ¿qué hacer, hay solución para esa encerrona, para ese sufrido pez que se
Buda sonriendo
muerde eternamente la
cola? Es así como llegamos a la tercera noble verdad del Buda, sin duda la más polémica. Literalmente: “Ésta, oh monjes, es la Noble Verdad de la Cesación del Sufrimiento. Es la total extinción y cesación de ese mismo deseo, su abandono, su descarte, liberación, no dependencia.” (Dhammacakkappavattana Sutta, más conocido por el Sutra de Benarés). Pues ya lo ven, el Buda no tenía inconveniente en cortar por lo sano: en un primer momento, parece ser que dijo que para acabar con el sufrimiento, antes había que acabar con el deseo. Por extremista que parezca la proposición, no obstante se comprende: es que el Buda había tenido, o a él le había visitado la experiencia de nirvana (nibbana, en pali). Un suceso decididamente inusual, ciertamente. En todo caso ese fue el noble ideal propuesto por el Buda (a sus monjes, no a los laicos que a él se acercaban), a saber, la extinción del deseo, como el que apaga una vela de un soplido. Pero también es cierto que el Buda no se quedó ahí, apoltronado en la placidez de su nirvana.

 

Trataremos ese importante tema del nirvana en otro momento, pero ahora es mejor
Otro Buda que sonríe
 proseguir por un camino medio (como diría el mismo Gautama), o sea por un camino comprensible y asequible para todos. Con lo cual me estoy refiriendo a otra propuesta del Buda (quizás Sidarta tuvo su evolución, es propio de todo sabio evolucionar en su pensamiento), la cual se puede resumir así: el verdadero primer eslabón que lo origina todo (¡o que lo lía todo!, más allá de aquella causa motora del deseo), el elemento que en verdad inicia la cadena que causa nuestro psíquico sufrimiento y nuestra alienación, es en realidad nuestra ignorancia (avijja, en pali, avidya en sánscrito). Eso también lo dijo el Buda: todo se origina en la ignorancia, o sea en nuestro desconocimiento del funcionamiento de la “máquina”, del aparato psíquico humano, de nuestra mente deseante y relacional. La extinción de la ignorancia (más que del mismo deseo), ese es para mí, en más de un sentido, el más lúcido y pertinente consejo que dio el Buda en aras de la comprensión, y consecuente emancipación del sobrante sufrimiento humano. Buen punto desde el cual proseguir un próximo artículo, el último sobre las esenciales verdades aportadas por Sidarta Gautama. Allí hablaremos, a mi manera, de su última noble verdad. La más práctica de todas.

 

Ramón García Durán © 2015




Charles Darwin




Escena final de "El planeta de los simios" (1968), 
una invitación a la meditación, sin duda.