“... Me refugio en el Señor del alba / del mal que
hacen su propias criaturas...”
El Corán (Sura 113, El alba)
Paseaba yo un día por París (hace ya muchos años de
esta anécdota), recorriendo uno de los amplios bulevares que bordean esa enorme
catedral del Arte que es el Louvre, cuando de pronto, me detuve: desde la misma
calle, a través de uno de los grandes ventanales del museo, podía divisarse un
esbelto y elegante monolito, una misteriosa estela de color oscuro. Qué suerte
tienen estos parisinos (pensé), pues ya simplemente paseando, así como el que
no quiere la cosa, a diario pueden disfrutar de maravillas tan excepcionales
como el código de Hammurabi... El código de Hammurabi, ese ancestral pedrusco
que, asomando su cabeza por una ventana del museo del Louvre, proclama a los
cuatro vientos la ley del Talión, ojo por ojo, diente por diente, etc., etc. Es
posible que ya en aquella época remota algún adelantado se diera cuenta,
calladamente, del Talón de Aquiles del cual adolece tal famosa
protojurisprudencia, esto es: aplicar la ley del Talión implica, tarde o
temprano, que todos acabemos ciegos, y encima desdentados.
Lo cual no quiere decir que tengamos que dejarnos matar. Dejarse matar me parece un pecado tan grave, tan abyecto como el de dedicarse a matar o a masacrar al prójimo. Efectivamente, de la barbarie no solo tenemos el derecho, sino el deber de defendernos, tanto a nosotros mismos, como a nuestros convecinos. Pero asimismo tenemos el deber de la consciencia, o el derecho a percatarnos por fin de las causas últimas del despropósito humano. De lo contrario, será el cuento de nunca acabar (ojo por ojo, ceguera por ceguera, dolor por dolor). En aras de romper ese cruel nudo gordiano, empecemos por dedicar nuestra atención, es lo oportuno, al curioso caso del fanático.
¿Qué es en el fondo un fanático, ya se mueva este por una ideología religiosa o de cualquier otra especie? Para comprenderlo, podemos partir de esta genérica y sencilla definición: un fanático es aquel que se apega y aferra furibundamente, con uñas y dientes, con fe ciega y sin holgura alguna, a su sagrada mentalidad. Pues ese es su verdadero templo, el cual defiende a capa y espada, no se trata de esta o aquella otra religión, no se trata del respeto hacia ningún dios, lo que en verdad reverencia e idolatra el fanático, bien mirado, es su sacrosanta e intocable mentalidad, su amadísimo pensamiento, al cual se aferra como si en ello le fuera la vida. A partir de ahí, supongo que usted ya se dio cuenta: lo más inquietante del fanatismo, efectivamente, es observar que, según cómo, cualquiera de nosotros podría llegar a ser un fanático. Al menos por momentos.
Precisamente porque el fanatismo se fundamenta en algo que atañe a la más cotidiana "normalidad" humana, a saber: todos necesitamos seguridad en nosotros mismos, en nuestro "ser" (psíquico), todos necesitamos sentirnos siendo algo, tanto para nosotros mismos, como para los otros. En definitiva, el fanatismo consiste en tomarse demasiado al pie de la letra, o demasiado a pecho esa entrañable y común necesidad del ser humano. Ya ven que, en todo caso, son inquietudes muy groseramente humanas (más que espirituales) las que mueven al fanático, hasta el punto de que el cielo al que este aspira en realidad es bien mundano. Pues ese paraíso que él anhela consiste en el disfrute, aquí y ahora, de una mente plena, sin fisuras, mente o mentalidad por fin a salvo de dudas (por la vía de estar atiborrada de preceptos) la cual le otorga el práctico beneficio de eximirle de las incertidumbres de la vida. Un anhelo decididamente mundanal, más que espiritual, como decía. Todo lo cual nos indica que el fanático, más que un loco, es la caricatura exagerada de la psíquica alienación que afecta a cualquiera; me refiero a esa normal enajenación que consiste en la plena identificación (o total falta de distancia) con la mente o mentalidad propias, con la propia "identidad". El problema del fanático, si bien amplificado al límite, es aquel famoso, aquel ansioso dilema del "ser, o no ser"; esa es la cuestión no solo para Hamlet, sino para cualquiera. Es por ello que, paradójicamente, del fanático podemos aprender lo que es la compasión, aunque sea por la vía de lo negativo.
Esto es lo que nos enseña el fanático y el fenómeno del fanatismo: desde ninguna mente plena o pletórica, desde ningún completamente seguro “ser” puede derivarse la piedad, o la compasión. Porque la compasión es precisamente la percepción de la falta de ser que al otro le aqueja, agujero de ser (o dígase falta de sentido de la vida) que existe e insiste en el centro del alma o del psiquismo de todo ser humano. Por eso la compasión no es ningún romanticismo, sino, por el contrario, es algo muy real, es de hecho la mayor inteligencia humana: la compasión es la comunión, es el compartir lo único que a buen seguro no nos separa, lo único real que a ciencia cierta nos hermana, esto es, la incompletud del “ser”, la imposibilidad de alcanzar un ser absolutamente pleno, seguro, a salvo del sufrimiento, a salvo de la vida y de la muerte. Por cierto, no se le ocurra a usted explicarle estas cosas a un fanático, no solo por aquello del “no echéis vuestra perlas delante de los cerdos” (como bien dijera el Buda, y al cabo de algunos años, el Cristo), sino porque además le puede costar a usted muy caro. Es debido a que cualquier fanatismo es, de facto, la rabiosamente apasionada negación de ese agujero de ser el cual, si bien nos angustia, a la vez es la misma paz, la puerta hacia nuestra liberación. Hacia la liberación del ansia de ser, justamente.
Defendámonos, pues, pero con plena consciencia del fenómeno, o sea comprendiéndolo en su más amplia globalidad, considerando las múltiples interdependencias ahí implicadas; defendámonos en primer lugar, con todo derecho, de
quienes desde los más diversos púlpitos fomentan interpretaciones fanáticas e intolerantes de la vida (a ese respecto, para mi gusto no deberíamos olvidar que es el laicismo, en todo caso, el mejor garante tanto de la libertad religiosa, como de la libertad de cualquiera para no vivir bajo las exigencias de religión alguna). Y sigamos defendiéndonos asimismo de cualquier estado de las cosas que considere a la gente como meros objetos de usar y tirar (según el momento económico, etc.), incluyendo cualquier insolidaria política que provoque en las personas el sentimiento de ser nada, de ser inservibles muebles arrumbados, abandonados a su suerte en la cuneta. Pues, ¿acaso no son tales abusos fuente directa de fanatismo, tanto como cualquier furibundo santón pretendidamente religioso?, y aun es más, ¿acaso no es este estado de las cosas, ya en sí mismo, un a modo de lamentable fanatismo, de inhumana e irracional barbarie sin sentido? Defendámonos, pues, de toda descerebrada impiedad (venga de donde venga) que en vez de impulsarnos hacia la vida, nos lleve de nuevo hacia el bucle melancólico del ojo por ojo y diente por diente, hacia la guerra, o sea hacia la autodestrucción, tarde o temprano.
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| El código de Hammurabi, visible, efectivamente, desde el exterior del Museo del Louvre. |
Lo cual no quiere decir que tengamos que dejarnos matar. Dejarse matar me parece un pecado tan grave, tan abyecto como el de dedicarse a matar o a masacrar al prójimo. Efectivamente, de la barbarie no solo tenemos el derecho, sino el deber de defendernos, tanto a nosotros mismos, como a nuestros convecinos. Pero asimismo tenemos el deber de la consciencia, o el derecho a percatarnos por fin de las causas últimas del despropósito humano. De lo contrario, será el cuento de nunca acabar (ojo por ojo, ceguera por ceguera, dolor por dolor). En aras de romper ese cruel nudo gordiano, empecemos por dedicar nuestra atención, es lo oportuno, al curioso caso del fanático.
¿Qué es en el fondo un fanático, ya se mueva este por una ideología religiosa o de cualquier otra especie? Para comprenderlo, podemos partir de esta genérica y sencilla definición: un fanático es aquel que se apega y aferra furibundamente, con uñas y dientes, con fe ciega y sin holgura alguna, a su sagrada mentalidad. Pues ese es su verdadero templo, el cual defiende a capa y espada, no se trata de esta o aquella otra religión, no se trata del respeto hacia ningún dios, lo que en verdad reverencia e idolatra el fanático, bien mirado, es su sacrosanta e intocable mentalidad, su amadísimo pensamiento, al cual se aferra como si en ello le fuera la vida. A partir de ahí, supongo que usted ya se dio cuenta: lo más inquietante del fanatismo, efectivamente, es observar que, según cómo, cualquiera de nosotros podría llegar a ser un fanático. Al menos por momentos.
Precisamente porque el fanatismo se fundamenta en algo que atañe a la más cotidiana "normalidad" humana, a saber: todos necesitamos seguridad en nosotros mismos, en nuestro "ser" (psíquico), todos necesitamos sentirnos siendo algo, tanto para nosotros mismos, como para los otros. En definitiva, el fanatismo consiste en tomarse demasiado al pie de la letra, o demasiado a pecho esa entrañable y común necesidad del ser humano. Ya ven que, en todo caso, son inquietudes muy groseramente humanas (más que espirituales) las que mueven al fanático, hasta el punto de que el cielo al que este aspira en realidad es bien mundano. Pues ese paraíso que él anhela consiste en el disfrute, aquí y ahora, de una mente plena, sin fisuras, mente o mentalidad por fin a salvo de dudas (por la vía de estar atiborrada de preceptos) la cual le otorga el práctico beneficio de eximirle de las incertidumbres de la vida. Un anhelo decididamente mundanal, más que espiritual, como decía. Todo lo cual nos indica que el fanático, más que un loco, es la caricatura exagerada de la psíquica alienación que afecta a cualquiera; me refiero a esa normal enajenación que consiste en la plena identificación (o total falta de distancia) con la mente o mentalidad propias, con la propia "identidad". El problema del fanático, si bien amplificado al límite, es aquel famoso, aquel ansioso dilema del "ser, o no ser"; esa es la cuestión no solo para Hamlet, sino para cualquiera. Es por ello que, paradójicamente, del fanático podemos aprender lo que es la compasión, aunque sea por la vía de lo negativo.
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| La encajera, de Vermeer, también en el Louvre, nunca me lo pierdo... |
Esto es lo que nos enseña el fanático y el fenómeno del fanatismo: desde ninguna mente plena o pletórica, desde ningún completamente seguro “ser” puede derivarse la piedad, o la compasión. Porque la compasión es precisamente la percepción de la falta de ser que al otro le aqueja, agujero de ser (o dígase falta de sentido de la vida) que existe e insiste en el centro del alma o del psiquismo de todo ser humano. Por eso la compasión no es ningún romanticismo, sino, por el contrario, es algo muy real, es de hecho la mayor inteligencia humana: la compasión es la comunión, es el compartir lo único que a buen seguro no nos separa, lo único real que a ciencia cierta nos hermana, esto es, la incompletud del “ser”, la imposibilidad de alcanzar un ser absolutamente pleno, seguro, a salvo del sufrimiento, a salvo de la vida y de la muerte. Por cierto, no se le ocurra a usted explicarle estas cosas a un fanático, no solo por aquello del “no echéis vuestra perlas delante de los cerdos” (como bien dijera el Buda, y al cabo de algunos años, el Cristo), sino porque además le puede costar a usted muy caro. Es debido a que cualquier fanatismo es, de facto, la rabiosamente apasionada negación de ese agujero de ser el cual, si bien nos angustia, a la vez es la misma paz, la puerta hacia nuestra liberación. Hacia la liberación del ansia de ser, justamente.
Defendámonos, pues, pero con plena consciencia del fenómeno, o sea comprendiéndolo en su más amplia globalidad, considerando las múltiples interdependencias ahí implicadas; defendámonos en primer lugar, con todo derecho, de
| Freud "descubrió" un buitre en este maravilloso cuadro... también puede verse en el Louvre. |
A todo esto, un amigo, desde París, me lo comunica:
en uno de los improvisados túmulos que los parisinos dedican a las víctimas de
los recientes atentados, a alguien se le ocurrió, en vez de colocar allí unas
flores o una vela encendida, dejar un libro, para quien quisiera hojearlo. En
su traducción al español, ese libro lleva por título “El malestar en la cultura”. Hago mío el consejo, sobre todo para los jóvenes: lean libros, libros
perfectamente discutibles, libros susceptibles de ser debatidos, o quizás
incluso cuestionables, como el más arriba citado; pero libros en todo caso
inteligentes, generosos, que den para meditar sobre las causas últimas que impiden
nuestra lúcida y pacífica humanidad, lo mismo es decir, nuestra convivencia.
Pues los libros indiscutiblemente sagrados, habida cuenta de las lamentables
interpretaciones que de ellos hacen quienes no los leyeron con el debido
sosiego, ya ven ustedes a dónde pueden llevarnos.
Ramón García Durán © 2015
Jean Jullien es el autor de esta imagen. Un aplauso.
Origen de las imágenes:
https://upload.wikimedia.org/wikipedia/commons/a/a9/Code_of_Hammurabi%2C_16_July_2005.jpg
https://upload.wikimedia.org/wikipedia/commons/0/03/Johannes_Vermeer_-_The_lacemaker_%28c.1669-1671%29.jpg
http://www.biografiasyvidas.com/monografia/leonardo/fotos/leonardo_6.jpg
http://www.jeanjullien.com/

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