sábado, 28 de noviembre de 2015

París

“... Me refugio en el Señor del alba / del mal que hacen su propias criaturas...”

El Corán (Sura 113, El alba)


Paseaba yo un día por París (hace ya muchos años de esta anécdota), recorriendo uno de los amplios bulevares que bordean esa enorme catedral del Arte que es el Louvre, cuando de pronto, me detuve: desde la misma calle, a través de uno de los grandes ventanales del museo, podía divisarse un esbelto y elegante monolito, una misteriosa estela de color oscuro. Qué suerte tienen estos parisinos (pensé), pues ya simplemente paseando, así como el que no quiere la cosa, a diario pueden disfrutar de maravillas tan excepcionales como el código de Hammurabi... El código de Hammurabi, ese ancestral pedrusco que, asomando su cabeza por una ventana del museo del Louvre, proclama a los cuatro vientos la ley del Talión, ojo por ojo, diente por diente, etc., etc. Es posible que ya en aquella época remota algún adelantado se diera cuenta, calladamente, del Talón de Aquiles del cual adolece tal famosa protojurisprudencia, esto es: aplicar la ley del Talión implica, tarde o temprano, que todos acabemos ciegos, y encima desdentados.
El código de Hammurabi, visible,
efectivamente, desde el exterior
del Museo del Louvre.

Lo cual no quiere decir que tengamos que dejarnos matar. Dejarse matar me parece un pecado tan grave, tan abyecto como el de dedicarse a matar o a masacrar al prójimo. Efectivamente, de la barbarie no solo tenemos el derecho, sino el deber de defendernos, tanto a nosotros mismos, como a nuestros convecinos. Pero asimismo tenemos el deber de la consciencia, o el derecho a percatarnos por fin de las causas últimas del despropósito humano. De lo contrario, será el cuento de nunca acabar (ojo por ojo, ceguera por ceguera, dolor por dolor). En aras de romper ese cruel nudo gordiano, empecemos por dedicar nuestra atención, es lo oportuno, al curioso caso del fanático.

¿Qué es en el fondo un fanático, ya se mueva este por una ideología religiosa o de cualquier otra especie? Para comprenderlo, podemos partir de esta genérica y sencilla definición: un fanático es aquel que se apega y aferra furibundamente, con uñas y dientes, con fe ciega y sin holgura alguna, a su sagrada mentalidad. Pues ese es su verdadero templo, el cual defiende a capa y espada, no se trata de esta o aquella otra religión, no se trata del respeto hacia ningún dios, lo que en verdad reverencia e idolatra el fanático, bien mirado, es su sacrosanta e intocable mentalidad, su amadísimo pensamiento, al cual se aferra como si en ello le fuera la vida. A partir de ahí, supongo que usted ya se dio cuenta: lo más inquietante del fanatismo, efectivamente, es observar que, según cómo, cualquiera de nosotros podría llegar a ser un fanático. Al menos por momentos.

Precisamente porque el fanatismo se fundamenta en algo que atañe a la más cotidiana "normalidad" humana, a saber: todos necesitamos seguridad en nosotros mismos, en nuestro "ser" (psíquico), todos necesitamos sentirnos siendo algo, tanto para nosotros mismos, como para los otros. En definitiva, el fanatismo consiste en tomarse demasiado al pie de la letra, o demasiado a pecho esa entrañable y común necesidad del ser humano. Ya ven que, en todo caso, son inquietudes muy groseramente humanas (más que espirituales) las que mueven al fanático, hasta el punto de que el cielo al que este aspira en realidad es bien mundano. Pues ese paraíso que él anhela consiste en el disfrute, aquí y ahora, de una mente plena, sin fisuras, mente o mentalidad por fin a salvo de dudas (por la vía de estar atiborrada de preceptos) la cual le otorga el práctico beneficio de eximirle de las incertidumbres de la vida. Un anhelo decididamente mundanal, más que espiritual, como decía. Todo lo cual nos indica que el fanático, más que un loco, es la caricatura exagerada de la psíquica alienación que afecta a cualquiera; me refiero a esa normal enajenación que consiste en la plena identificación (o total falta de distancia) con la mente o mentalidad propias, con la propia "identidad". El problema del fanático, si bien amplificado al límite, es aquel famoso, aquel ansioso dilema del "ser, o no ser"; esa es la cuestión no solo para Hamlet, sino para cualquiera. Es por ello que, paradójicamente, del fanático podemos aprender lo que es la compasión, aunque sea por la vía de lo negativo.


La encajera, de Vermeer,
también en el Louvre,
nunca me lo pierdo...

Esto es lo que nos enseña el fanático y el fenómeno del fanatismo: desde ninguna mente plena o pletórica, desde ningún completamente seguro “ser” puede derivarse la piedad, o la compasión. Porque la compasión es precisamente la percepción de la falta de ser que al otro le aqueja, agujero de ser (o dígase falta de sentido de la vida) que existe e insiste en el centro del alma o del psiquismo de todo ser humano. Por eso la compasión no es ningún romanticismo, sino, por el contrario, es algo muy real, es de hecho la mayor inteligencia humana: la compasión es la comunión, es el compartir lo único que a buen seguro no nos separa, lo único real que a ciencia cierta nos hermana, esto es, la incompletud del “ser”, la imposibilidad de alcanzar un ser absolutamente pleno, seguro, a salvo del sufrimiento, a salvo de la vida y de la muerte. Por cierto, no se le ocurra a usted explicarle estas cosas a un fanático, no solo por aquello del “no echéis vuestra perlas delante de los cerdos” (como bien dijera el Buda, y al cabo de algunos años, el Cristo), sino porque además le puede costar a usted muy caro. Es debido a que cualquier fanatismo es, de facto, la rabiosamente apasionada negación de ese agujero de ser el cual, si bien nos angustia, a la vez es la misma paz, la puerta hacia nuestra liberación. Hacia la liberación del ansia de ser, justamente.

Defendámonos, pues, pero con plena consciencia del fenómeno, o sea comprendiéndolo en su más amplia globalidad, considerando las múltiples interdependencias ahí implicadas; defendámonos en primer lugar, con todo derecho, de
Freud "descubrió" un buitre en este
maravilloso cuadro... también
puede verse en el Louvre.
quienes desde los más diversos púlpitos fomentan interpretaciones fanáticas e intolerantes de la vida (a ese respecto, para mi gusto no deberíamos olvidar que es el laicismo, en todo caso, el mejor garante tanto de la libertad religiosa, como de la libertad de cualquiera para no vivir bajo las exigencias de religión alguna). Y sigamos defendiéndonos asimismo de cualquier estado de las cosas que considere a la gente como meros objetos de usar y tirar (según el momento económico, etc.), incluyendo cualquier insolidaria política que provoque en las personas el sentimiento de ser nada, de ser inservibles muebles arrumbados, abandonados a su suerte en la cuneta. Pues, ¿acaso no son tales abusos fuente directa de fanatismo, tanto como cualquier furibundo santón pretendidamente religioso?, y aun es más, ¿acaso no es este estado de las cosas, ya en sí mismo, un a modo de lamentable fanatismo, de inhumana e irracional barbarie sin sentido? Defendámonos, pues, de toda descerebrada impiedad (venga de donde venga) que en vez de impulsarnos hacia la vida, nos lleve de nuevo hacia el bucle melancólico del ojo por ojo y diente por diente, hacia la guerra, o sea hacia la autodestrucción, tarde o temprano.


A todo esto, un amigo, desde París, me lo comunica: en uno de los improvisados túmulos que los parisinos dedican a las víctimas de los recientes atentados, a alguien se le ocurrió, en vez de colocar allí unas flores o una vela encendida, dejar un libro, para quien quisiera hojearlo. En su traducción al español, ese libro lleva por título “El malestar en la cultura”. Hago mío el consejo, sobre todo para los jóvenes: lean libros, libros perfectamente discutibles, libros susceptibles de ser debatidos, o quizás incluso cuestionables, como el más arriba citado; pero libros en todo caso inteligentes, generosos, que den para meditar sobre las causas últimas que impiden nuestra lúcida y pacífica humanidad, lo mismo es decir, nuestra convivencia. Pues los libros indiscutiblemente sagrados, habida cuenta de las lamentables interpretaciones que de ellos hacen quienes no los leyeron con el debido sosiego, ya ven ustedes a dónde pueden llevarnos.


Ramón García Durán © 2015






Jean Jullien es el autor de esta imagen. Un aplauso.


Origen de las imágenes:
https://upload.wikimedia.org/wikipedia/commons/a/a9/Code_of_Hammurabi%2C_16_July_2005.jpg
https://upload.wikimedia.org/wikipedia/commons/0/03/Johannes_Vermeer_-_The_lacemaker_%28c.1669-1671%29.jpg
http://www.biografiasyvidas.com/monografia/leonardo/fotos/leonardo_6.jpg
http://www.jeanjullien.com/

jueves, 5 de noviembre de 2015

Premonición de la guerra civil, de Salvador Dalí (ensayo psicológico)

“El verdadero pintor es aquel que es capaz de pintar pacientemente una pera rodeado de los tumultos de la historia”.

Salvador Dalí


Gala y Dalí, felices
Uno de los cuadros más impresionantes del gran Salvador Dalí (quizás el catalán más universal de todos los tiempos) es sin duda el que lleva por título Construcción blanda con judías hervidas (Premonición de la Guerra Civil). Es cierto que Dalí era una especie de “Avida Dollars” (tal cual sugirió el perspicaz André Breton), pero asimismo fue una rara avis cuyo profundo canto, cuya sabia mirada no deberíamos desdeñar en absoluto. Por controvertido que fuera el personaje, Dalí fue un hombre irrepetiblemente auténtico. Lo fue porque, a pesar de todo su histrionismo (el cual a mí me divertía mucho, he de decirlo), no obstante sabía muy bien cuáles eran sus auténticas raíces. Dalí nos mostró, nos pintó de hecho, a su inimitable manera, la más auténtica y originaria raíz del ser humano, esta es, el inconsciente.

Rómulo y Remo,
los más célebres niños-lobos
¿Qué es eso del inconsciente, o del Ello, como también decía Freud? Para entenderlo, en primer lugar deberíamos aceptar que el “ser” humano, el “ser” de cualquiera de nosotros, no es cosa tan obvia como creemos (por eso suelo escribirlo entre comillas). Sin ir más lejos, ningún recién nacido dispone exactamente de un “Yo”, o lo que es lo mismo, que ningún bebé o infans tiene de entrada una mente propia (tabula rasa, decía el también muy perspicaz Santo Tomás de Aquino). De tal modo que la mente humana se va configurando, se va estructurando a partir de las relaciones que el pequeño humano establece con otros, en principio con aquéllos que le cuidan más directamente. El ejemplo más dramático quizás sea el de los llamados niños-lobos (o salvajes). Niños que, habiendo sido abandonados en el campo justo después de nacer, fueron acogidos, amamantados y criados por lobas. Algunos fueron después rescatados de las selvas: aquellas desgraciadas criaturas, genéticamente humanas, empero se comportaban a la manera de sus padres adoptivos; andaban y corrían como cuadrúpedos, gruñían, olisqueaban a considerable distancia el menor trozo de carne, e incluso aullaban por las noches, a la espera de la respuesta de su manada. Igualito que los lobos. Aquellos pobres chicos no llegaron a acceder al lenguaje (las estructuras cerebrales que permiten el lenguaje no maduran sin el contacto con otros seres hablantes), y nunca adquirieron, pues, la mente o aparato psíquico que caracteriza propiamente al ser humano.

Tebeo de mi época...
Hechos comprobados que nos aproximan al fenómeno, asimismo real, de lo que Freud llamó el “inconsciente”. El inconsciente, o el Ello, es de hecho nuestra mente o mentalidad más primitiva o ancestral; el inconsciente es la raíz más atávica del psiquismo relacional humano, y esencialmente consiste en la colección de los más arcaicos guiones o libretos relacionales en nosotros establecidos (no son exactamente recuerdos reales, se trata más bien de representaciones fantasmáticas, chocantemente oníricas, cargadas de tensiones, impulsiones, pasiones y sentimientos); el inconsciente es como un auca o aleluya, o como un viejo tebeo de los de antes, donde se dibujan las simples viñetas a las cuales nos identificamos, estampas con argumentos sencillos y directos, básicos modelos que nos dan las pautas de nuestras relaciones intersubjetivas, a lo largo de toda nuestra vida. Y todo, sin nosotros saberlo.


Por simples y primitivos que parezcan tales inconscientes libretos, no obstante son los auténticos reguladores y distribuidores de nuestro deseo, del ansia o sed deseante, o sea de nuestro vivir cotidiano, en muchísimos aspectos. Y si bien al cabo del tiempo el deseo humano adquiere su dimensión propiamente adulta (la dimensión “adulta” del deseo es aquella del triángulo amoroso, tan propio de cualquier drama o comedia teatral), empero esas originarias pautas nunca abandonan del todo su carácter arcaico, animalesco, impulsivo e imperativo, primitivamente dual, del tipo atacante-atacado, víctima-victimario, agresor-agredido, devorador-devorado. Eso es, en gran medida, el inconsciente o Ello. Dalí lo sabía, de primerísima mano. E incluso fue más allá.

De ahí la ominosa atmósfera que inunda la obra objeto de nuestro estudio, es debido a que, en la premonición de la guerra civil de Salvador Dalí (1936), se encuentra la más vibrante representación de aquel más allá del principio del placer que Freud llamara la pulsión de muerte. Independientemente de que yo no esté de acuerdo con la solución teórica que el ilustre psicólogo dio al fenómeno (ya explicaré en otra ocasión mi personal perspectiva de la pulsión de muerte), no obstante el nombre que Freud le dio a la cosa no podría ser más acertado. En definitiva, Freud llamaba “pulsión de muerte” tanto a las tendencias agresivas (hacia el otro), como al impulso a la autodestrucción. Efectivamente, ambas cosas suelen ir juntas. El ejemplo por antonomasia fue Hitler. Del cual el mismo Salvador Dalí dijo (cito de memoria) que era un “masoquista integral”, pues aquel hombre pretendía provocar una guerra, pero para luego “perderla heroicamente”. Se comprobó después que, efectivamente, lo que secretamente movía a aquel ultra vulgar dirigente político fue procurarse su propia destrucción, no sin antes llevar a la ruina a su pueblo. Dalí, profundísimo psicólogo, también acertó, pues, en esta otra premonición o vaticinio.

Saturno, Goya
Para entender el contenido latente que yace en el cuadro de Dalí, basta con observar lo manifiesto: ahí encontramos, como protagonista central, a ese irreal gigantón (¿no les recuerda al goyesco Saturno, devorador de sus propios hijos?), ciclópeo fantoche dedicado apasionadamente a desmembrase, a autodestruirse a sí mismo. Y no obstante, el monstruoso humanoide, lejos de estar cariacontecido, por el contrario muestra en su rostro un gozo paroxístico, como un éxtasis grotesco, francamente turbador. Es que se trata del más allá del placer, o de la satisfacción. Se trata, incluso, del más allá de la satisfacción sexual; la cual está representada tanto por el subrepticio falo (que se dibuja en el brazo que surge de la “pierna” izquierda del gigante, en el boceto preparatorio de Dalí, de 1935, el efecto no era tan descarado), como asimismo se simboliza por el pecho, ya tumefacto, del cual el onanista coloso aún pretende sacar algo. Pero de esa teta ya no sale nada, ni la más mínima gota. Trapezoidal pero reconocible ser humano que, si ustedes se fijan bien, literalmente está defecándose a sí mismo (“cagarse (a sí mismo) la vida” es expresión popular en mi país). Solo parece salvarse del mortífero espectáculo el cabizbajo farmacéutico del Ampurdán, aquel “que no buscaba absolutamente nada”, o bien que no quería saber nada, quizás acogiéndose a ese último recurso, humanísimo, del mirar para otro lado.

Estudio previo de Dalí, 1935
si bien otros dice que se remonta a 1934
Es el momento de la emergencia de la pulsión de muerte, lo cual sucede cuando la mente humana, por diversas circunstancias (crisis económicas, etc.), empieza a retraerse y a mirarse a sí misma en sus propios espejos, comienza a convencerse de sus propios argumentos, y, llegando a identificarse con los más arcaicos y vehementes preceptos en ella inscritos, esa mente nuestra se vuelve pletórica (cree que la plenitud del “ser” es posible), y se convence de que la satisfacción definitiva se puede conseguir. Es lo que les pasó, de hecho, a todos aquellos autoritarios personajes (de la época del cuadro de Dalí) que creyendo ser una raza superior, convencidos de ser insuperables, no obstante y paradójicamente tuvieron que comprobarlo, metiendo al mundo entero en una guerra, la peor que se haya visto, hasta el momento; y siguiendo esa lógica absurda, onírica o surrealista, aquellos hombres henchidos de sí mismos a la par necesitaron convencerse de la existencia de castas, pueblos, o naciones inferiores, al lado mismo de la suya propia. Porque en definitiva el inconsciente es así, no entiende ni atiende a otra dialéctica que no sea la sadomasoquista. Es la “lógica” dualista del Ello: la dialéctica del inconsciente es, efectivamente, la del amo y el esclavo, o la del asediador-asediado, opresor-oprimido, etc. Esa es la percepción propia de nuestra mente más arcaica, más acéfala.


A partir de ahí, ya podemos comprender que, más allá de los posicionamientos políticos o ideológicos enfrentados (conscientes y harto elegantemente argumentados por unos y otros), en el fondo se juegan los goces inconscientes que fluyen o se excretan desde la ubre de nuestra mente ancestral. Esas fruiciones primitivas, estando ahí en potencia, periódicamente buscarán una excusa para reeditarse; el más banal quítame allá esas pajas pudiera servir de coartada para reavivar las impulsiones más destructivas que anidan en la caja de Pandora de la mente humana.

Dalí lo sabía, y cualquiera puede saberlo, si lo quiere: el juego es tan viejo como la humanidad misma, y consiste en dividir a la gente, enfrentándola en la clásica dicotomía de vencedores (expectantes de su momento de venganza), y vencidos, (casta inferior que toda raza superior necesita para confirmarse a ella misma). Completándose así el especular entretenimiento del que, inconscientemente, o sea sin ellos saberlo, forman parte todos los bandos contendientes, esto es: el ultragozoso, pero bien mortífero deleite en la destrucción del otro y de sí mismos. Parece mentira que personas inteligentes, sensibles y cultivadas, se dejen hipnotizar, se dejen convencer para entrar de pleno en ese juego. Pues si bien reconozco la relativa dificultad para auscultar el inconsciente (no por nada Ello está bien reprimido), a la vez considero que, por lo menos, cualquier persona sensata podría percatarse del tintineo de monedas que resuena en los bolsillos de quienes nos mandan, o nos empujan a nosotros a las guerras que solo a ellos benefician.

Ramón García Durán © 2015



Construcción blanda con judías hervidas (Premonición de la Guerra Civil)
Salvador Dalí Domènech (1936)






Dalí, irrepetible.



Fuentes de la imágenes:


http://www.salvador-dali.org/media/upload/gif/cache/2_pag_99_3_800.jpg
http://arquehistoria.com/wp-content/uploads/2013/04/romulo-y-remo-1.jpg
http://cloud1.todocoleccion.net/fot/2007/11/10/6395985.jpg
https://upload.wikimedia.org/wikipedia/commons/8/82/Francisco_de_Goya%2C_Saturno_devorando_a_su_hijo_%281819-1823%29.jpg
http://www.museoreinasofia.es/sites/default/files/obras/DE00048.jpg
https://www.salvador-dali.org/cataleg_raonat/imatge.php?imatge=%5CCATIMA%5C0446.jpg&amplia