jueves, 9 de julio de 2015

¿Qué es la psicología?

Solo hay un principio motriz: el deseo

Aristóteles


Tampoco estaba tan mal, bien mirado, aquella clásica y de todos sabida definición: la psicología (del griego psykhé y logía) es, literalmente, “el estudio o tratado del alma”. Del alma, o sea de la última causa que anima a los seres humanos, y por tanto al mundo en que vivimos; en eso sí estoy completamente de acuerdo con Aristóteles: esa primera y última causa que mueve a la humanidad, y a las sociedades que ella crea a lo largo de la historia, es el deseo. Y así, la psicología, la psicología que más nos interesa, efectivamente es el estudio o la investigación acerca del deseo humano.

Aristóteles
Pues quizás no exista sobre la faz del planeta, o puede que en todo el universo, cosa tan curiosa, tan paradójica, tan rocambolesca como el deseo propio de los seres humanos. Ya empezando por el hecho -científicamente comprobable, si acaso le hiciera falta a alguno- de que el deseo del Homo sapiens no es exactamente el mismo “deseo” que impulsa a los demás animales. No, el deseo (que no hablo ahora del instinto), lo que se dice el deseo de verdad (o sea el humano, exclusivamente), es algo mucho más alambicado, rebuscado, complicado, barroco o churrigueresco, o incluso retorcido por momentos. Como también cualquiera puede perfectamente comprobar, ya sea de manera científica o en forma sencillamente casera y familiar.

Llegados a este punto, añadiré algunas otras “definiciones” que podrían revelar, al lector atento, el alcance de la psicología, a pesar de su humilde estatuto de pariente pobre de las ciencias. Por ejemplo: la psicología es la más comprometida investigación al respecto de la insatisfacción humana. O sea al respecto del “quiero y no puedo, o del “pudo haber sido y no fue(zarpazo psíquico aún más doloroso, quizá, que el anterior), o, como dijera el oriental poeta, del pájaro que quisiera ser nube, y de la nube que quisiera ser pájaro, etc. Ciertamente, la insatisfacción, esa impertinente carabina que en mayor o menor medida nos acompaña a todos, es uno de los síntomas prínceps de nuestra estructural -y poco bien llevada- naturaleza deseante. Por otra parte, también conviene saber que la psicología, más allá de sus relaciones con la psiquiatría, es disciplina vivamente interesada en la “normalidad”; o sea interesada en las más normales y corrientes “locuras”, o comunes ofuscaciones y desatinos en que incurre el género humano un día sí, y el otro también, tanto en lo personal como en el ámbito social.

La envidia
(Giusto Le Court)
He aquí una breve enumeración de tales comunes y corrientes “enajenaciones” a las que me refiero, sin ir más lejos: la ambición, la vanidad y la envidia, el orgullo, o cualquier otra forma de engreída exaltación del ego ya sea individual o colectivo, o asimismo la pedantería, el chismorreo o comadreo (versiones pretendidamente lights de la difamación), la hipocresía en todas sus versiones, incluida la gazmoñería, y por descontado, el odio y el fanatismo en los más diversos ámbitos; universales y muy extendidas humanas chaladuras a las cuales podemos agregar (sin ánimo alguno de exhaustividad) la indolencia más indiferente, o la insolidaridad más despiadada. Todas ellas inclinaciones o tendencias perfectamente humanas, humanísimas; pero que a la vez son, ahí la paradoja, expresiones evidentes de la más desconcertante inhumanidad que es capaz de albergar la mente de cualquiera; todos ellos lamentables síntomas de nuestra inadvertida alienación común, sobrevenida de nuestra nula relación consciente con el ansia deseante, con nuestro deseo a todo vapor, a plena inconsciencia.

Y no, no es un afán inquisitorial lo que alienta a la psicología, ni es un enésimo moralismo lo que ésta propone. Lejos de ello, la psicología se percata (al contrario que el asceta) de que el deseo en sí mismo no es, desde luego, el problema. El deseo será la paradójica causa motriz. Pero el problema, en concreto, es la inconsciencia. En el más amplio sentido de la palabra.

El auriga de Delfos
El problema siempre fue nuestra inconsciencia, esto es, nuestro apasionado empeño en no querer saber, en no querer comprender que la última dictadura a derrocar, aquella que nos ata y nos aliena a todos en primerísimo lugar, es nuestra propia “mente”; esa dictadura habita, por así decirlo, en nuestro más íntimo y a la vez desconocido psiquismo relacional. Es por ello que, allende las fronteras, los más sabios coincidieron en el mismo consejo: “Hombre, conócete a ti mismo…” Pero a nosotros, nos entró por una oreja, y nos salió por la otra, como suele decirse.

Y es una pena, pues solo por esa vía (ser humano, re-conócete a ti mismo) es posible el cambio. Solo por ese camino podría resolverse el último verdadero gran “misterio” de la humanidad, este es: ¿cómo es posible que con esta mente nuestra, tan prodigiosa, tan inteligente y capaz (aparte de “normal”), sin embargo aún no hayamos conseguido un mundo menos absurdamente esclavizado, por lo menos la mitad de esclavizado y sufrido del que hoy vivimos? Es que no podemos, no puede haber cambio si no estamos dispuestos a enfrentar de todo corazón y hasta el fondo esa pregunta, ese gran “misterio”.

Pues ya saben, eso es la psicología: aparte de darnos algunas respuestas no desdeñables, cualquier psicología verdadera, y en el mejor sentido profunda, es una investigación, un estudio, o un lúcido discurso cuyo objetivo es mantener viva esta pregunta clave: ¿es factible nuestra desalienación?, o lo que es exactamente lo mismo, ¿es verdaderamente posible la compasión humana?

Ramón García Durán © 2015





Ah, los boleros, si bien son estilo musical ya en desuso, siempre me enseñaron algo sobre la vida. Éste se llama “Perfidia”, y sin embargo, ¡es bellísimo! Ahí la gran paradoja del deseo humano, a la vez imprescindible impulso hacia la vida, y a la par, trampa sufriente al respecto de la cual conviene estar al tanto. También es mi pequeño homenaje a Nat King Cole, excelente cantante, y aun mejor pianista de jazz, no sé si lo sabían. Un saludo, y que lo disfruten.