viernes, 31 de julio de 2015

¿Qué es la compasión?

Una amable persona, después de leer mi anterior artículo (¿Qué es la psicología?), me escribió para preguntarme lo siguiente: ¿qué es la compasión, podría definir ese concepto? Con el primer problema hemos topado: es que la compasión no es un concepto, sino algo que se vive, algo que duele, incluso.

René Descartes
Es interesante reseñar, a tenor de lo expuesto, el contraste existente entre nuestro pensamiento de estilo occidental y ciertas filosofías orientales: estas últimas priorizan la vivencia iluminadora (y liberadora) como vía princeps de comprensión de las cosas; al contrario que nosotros, más tendentes a buscar la solución mediante una elaboración conceptual, en el terreno de las ideas. Por eso los occidentales solemos mostrar cierta prevención hacia tales exóticas filosofías. En parte es debido a la deriva esotérica que a veces toman tales sistemas de pensamiento, es cierto. Pero hay algo más: en el fondo nuestra desconfianza se basa en nuestro fuerte apego al pienso, luego existo” (mantra fundamental de nuestra fe racionalista y positivista); lo más intolerable para nosotros es que esas foráneas filosofías-psicologías proponen, por el contrario, lo siguiente: pienso, luego me engaño, y por lo tanto sufro. Demasiado revolucionario para nuestra muy idealista y conservadora mentalidad occidental.

En todo caso la compasión tampoco es cosa tan difícil de entender, ya seamos occidentales u orientales. Al respecto, nos ayudará observar que la palabra compasión está muy próxima al verbo compadecer. El cual significa compartir la desgracia ajena, sentirla, dolerse de ella. Ya ven, eso es literalmente la com-pasión: compartir el sufrimiento de otro, o ponerse en el lugar del otro, como suele decirse. Habida cuenta de lo fácil que es comprender –conceptualmente- la compasión, entonces, ¿por qué se nos hace tan difícil sentirla, como demuestra la triste realidad del mundo en que vivimos? Yo creo que hay una forma no romántica, no precisamente ingenua de responder a esa pregunta. Aquí puede echarnos una mano la perspectiva de la psicología:

Avram Noam Chomsky
Kanzi, ¿problema para Chomsky?
Lo primero es reseñar la fuerte dimensión simbólica característica de la mente del Homo sapiens. Sin ir más lejos, solemos decir que, en oposición a los demás animales, nosotros “tenemos” lenguaje. Pero lo cierto es que nosotros somos tenidos por él, nosotros somos configurados y determinados por ese lenguaje-pensamiento simbólico que se instala o inscribe en nuestras mentes o mentalidades. Y como esa configuración, como ese condicionamiento es diferente según el lugar donde nos hayamos criado, resulta que la compasión específicamente humana, paradójicamente, no es unitaria, no es universal: la compasión de cualquiera está necesariamente dictada por una moralidad o ética determinada, está inspirada en un credo (religioso o del orden que fuere) propio de este o aquel otro lugar del planeta. De lo cual resulta, es evidente, una compasión bastante limitada. Limitada al propio grupo étnico o nacional, a la propia raza, a aquellos que comparten la misma religión o cofradía, etc. O lo que ya es el colmo de lo restrictivo, limitada exclusivamente a la propia familia de sangre. El problema es que esa normal y corriente compasión nuestra, por humanísima que sea, no llega ni llegará nunca para afrontar los apremiantes retos que hoy tiene la humanidad en su conjunto. ¿Hay salida a esta situación, a este problema de los problemas humanos? Yo diría que sí, pero solo a condición del siguiente doloroso -o mejor dicho incómodo- reconocimiento:

Esta es la paradoja: aceptemos de entrada que el pensamiento humano, la mente humana (incluida esa regodeada sensación de identidad individual llamada “Yo”) es de hecho el mayor mecanismo de supervivencia existente sobre la faz de la Tierra. Y todos celebramos muy alegremente eso… sin percatarnos del gran problema que ello conlleva. Es que todo mecanismo de supervivencia, por exitoso que sea, tiene el siguiente inconveniente escondido: cuando cambian ostensiblemente las originarias circunstancias y escenarios para los cuales aquél se estableció, entonces ese mismo mecanismo, antaño de supervivencia, se convierte en mecanismo de autodestrucción. En esa peligrosa tesitura nos encontramos nosotros, la especie humana.

Dicho de otro modo, que nuestra mente (nuestra mente relacional sobre todo), para las circunstancias del presente, en buena parte está obsoleta; pues persisten en esas nuestras mentalidades muchas tendencias, propensiones, y demás regodeos ideáticos los cuales, si bien tuvieron su sentido en un lejanísimo pasado, no obstante ahora nos traicionan, ya se giran claramente contra nosotros. Parece que el aparato psíquico del Homo sapiens no ha podido evolucionar, en tan corto lapso de tiempo, para adaptarse, paradójicamente, al mundo que nuestro propio psiquismo ha proyectado.

La solución sigue siendo la misma: se trata de decidirnos a hacer caso a aquel antiquísimo y olvidado consejo en el cual una vez coincidimos, hace miles de años, tanto los europeos, como los orientales: Hombre, conócete, reconócete a ti mismo. Por incómoda que sea la medicina, yo diría que no hay otra.

Y en fin, yo mismo no sé del todo qué es la compasión, y es casi seguro que no soy el ser humano más compasivo que usted pueda llegar a conocer. Pero no obstante, sí siento profundamente una compasión que, curiosamente, no conoce fronteras; pues no depende de ninguna filosofía, de ninguna ideología o credo. Se trata de la compasión, o del dolor de percatarse de la enorme dificultad que tiene el ser humano para liberarse, o simplemente para separarse un mínimo de sus más crueles dictaduras, estas son, sin la menor duda, las que inadvertidamente habitan en su propia mente-pensamiento; es el dolor de observar la insistencia en apegarse a todos esos regodeos cuya única función es mantener firme y bien erguido al ego (regodeos psicológicos tan vacíos de sentido como el fanatismo religioso, el nacionalismo, el racismo, o cualquier otra elitista y divisiva pasión por el estilo); es el dolor de asistir al interminable espectáculo de nuestra ambición (que otrora sirviera al hombre primitivo para llenar los graneros, pero que hoy destruye el planeta a la velocidad del rayo); es la gran pena de constatar cuánto nos cuesta reconocer, en definitiva, el inter-ser que somos todos, más allá de nuestro suicida egocentrismo.


Ramón García Durán © 2015

La Tierra, evidentísimo inter-ser...





2001, Una Odisea del Espacio (Stanley Kubrick, 1968).
Hasta su último fotograma: hombre, re-conócete a ti mismo.

jueves, 9 de julio de 2015

¿Qué es la psicología?

Solo hay un principio motriz: el deseo

Aristóteles


Tampoco estaba tan mal, bien mirado, aquella clásica y de todos sabida definición: la psicología (del griego psykhé y logía) es, literalmente, “el estudio o tratado del alma”. Del alma, o sea de la última causa que anima a los seres humanos, y por tanto al mundo en que vivimos; en eso sí estoy completamente de acuerdo con Aristóteles: esa primera y última causa que mueve a la humanidad, y a las sociedades que ella crea a lo largo de la historia, es el deseo. Y así, la psicología, la psicología que más nos interesa, efectivamente es el estudio o la investigación acerca del deseo humano.

Aristóteles
Pues quizás no exista sobre la faz del planeta, o puede que en todo el universo, cosa tan curiosa, tan paradójica, tan rocambolesca como el deseo propio de los seres humanos. Ya empezando por el hecho -científicamente comprobable, si acaso le hiciera falta a alguno- de que el deseo del Homo sapiens no es exactamente el mismo “deseo” que impulsa a los demás animales. No, el deseo (que no hablo ahora del instinto), lo que se dice el deseo de verdad (o sea el humano, exclusivamente), es algo mucho más alambicado, rebuscado, complicado, barroco o churrigueresco, o incluso retorcido por momentos. Como también cualquiera puede perfectamente comprobar, ya sea de manera científica o en forma sencillamente casera y familiar.

Llegados a este punto, añadiré algunas otras “definiciones” que podrían revelar, al lector atento, el alcance de la psicología, a pesar de su humilde estatuto de pariente pobre de las ciencias. Por ejemplo: la psicología es la más comprometida investigación al respecto de la insatisfacción humana. O sea al respecto del “quiero y no puedo, o del “pudo haber sido y no fue(zarpazo psíquico aún más doloroso, quizá, que el anterior), o, como dijera el oriental poeta, del pájaro que quisiera ser nube, y de la nube que quisiera ser pájaro, etc. Ciertamente, la insatisfacción, esa impertinente carabina que en mayor o menor medida nos acompaña a todos, es uno de los síntomas prínceps de nuestra estructural -y poco bien llevada- naturaleza deseante. Por otra parte, también conviene saber que la psicología, más allá de sus relaciones con la psiquiatría, es disciplina vivamente interesada en la “normalidad”; o sea interesada en las más normales y corrientes “locuras”, o comunes ofuscaciones y desatinos en que incurre el género humano un día sí, y el otro también, tanto en lo personal como en el ámbito social.

La envidia
(Giusto Le Court)
He aquí una breve enumeración de tales comunes y corrientes “enajenaciones” a las que me refiero, sin ir más lejos: la ambición, la vanidad y la envidia, el orgullo, o cualquier otra forma de engreída exaltación del ego ya sea individual o colectivo, o asimismo la pedantería, el chismorreo o comadreo (versiones pretendidamente lights de la difamación), la hipocresía en todas sus versiones, incluida la gazmoñería, y por descontado, el odio y el fanatismo en los más diversos ámbitos; universales y muy extendidas humanas chaladuras a las cuales podemos agregar (sin ánimo alguno de exhaustividad) la indolencia más indiferente, o la insolidaridad más despiadada. Todas ellas inclinaciones o tendencias perfectamente humanas, humanísimas; pero que a la vez son, ahí la paradoja, expresiones evidentes de la más desconcertante inhumanidad que es capaz de albergar la mente de cualquiera; todos ellos lamentables síntomas de nuestra inadvertida alienación común, sobrevenida de nuestra nula relación consciente con el ansia deseante, con nuestro deseo a todo vapor, a plena inconsciencia.

Y no, no es un afán inquisitorial lo que alienta a la psicología, ni es un enésimo moralismo lo que ésta propone. Lejos de ello, la psicología se percata (al contrario que el asceta) de que el deseo en sí mismo no es, desde luego, el problema. El deseo será la paradójica causa motriz. Pero el problema, en concreto, es la inconsciencia. En el más amplio sentido de la palabra.

El auriga de Delfos
El problema siempre fue nuestra inconsciencia, esto es, nuestro apasionado empeño en no querer saber, en no querer comprender que la última dictadura a derrocar, aquella que nos ata y nos aliena a todos en primerísimo lugar, es nuestra propia “mente”; esa dictadura habita, por así decirlo, en nuestro más íntimo y a la vez desconocido psiquismo relacional. Es por ello que, allende las fronteras, los más sabios coincidieron en el mismo consejo: “Hombre, conócete a ti mismo…” Pero a nosotros, nos entró por una oreja, y nos salió por la otra, como suele decirse.

Y es una pena, pues solo por esa vía (ser humano, re-conócete a ti mismo) es posible el cambio. Solo por ese camino podría resolverse el último verdadero gran “misterio” de la humanidad, este es: ¿cómo es posible que con esta mente nuestra, tan prodigiosa, tan inteligente y capaz (aparte de “normal”), sin embargo aún no hayamos conseguido un mundo menos absurdamente esclavizado, por lo menos la mitad de esclavizado y sufrido del que hoy vivimos? Es que no podemos, no puede haber cambio si no estamos dispuestos a enfrentar de todo corazón y hasta el fondo esa pregunta, ese gran “misterio”.

Pues ya saben, eso es la psicología: aparte de darnos algunas respuestas no desdeñables, cualquier psicología verdadera, y en el mejor sentido profunda, es una investigación, un estudio, o un lúcido discurso cuyo objetivo es mantener viva esta pregunta clave: ¿es factible nuestra desalienación?, o lo que es exactamente lo mismo, ¿es verdaderamente posible la compasión humana?

Ramón García Durán © 2015





Ah, los boleros, si bien son estilo musical ya en desuso, siempre me enseñaron algo sobre la vida. Éste se llama “Perfidia”, y sin embargo, ¡es bellísimo! Ahí la gran paradoja del deseo humano, a la vez imprescindible impulso hacia la vida, y a la par, trampa sufriente al respecto de la cual conviene estar al tanto. También es mi pequeño homenaje a Nat King Cole, excelente cantante, y aun mejor pianista de jazz, no sé si lo sabían. Un saludo, y que lo disfruten.