No hace falta ser un devoto del Buda para comprender
las humanas verdades que aquel profundo sabio transmitió. El mismo Sidarta Gautama (al que hoy conocemos por el sobrenombre o alias de el Buda) estaría de acuerdo conmigo:
aquel buen conocedor del género humano también creía que nada positivo podía
derivarse de una ingenua o ciega fe; por el contrario, él aconsejaba que cada
cual comprobara por sí mismo cualquier pretendida verdad, incluidas las que él
proponía. Ya ven que el hombre tenía sus golpes escondidos: al margen de pasar
a la historia como un gran espiritualista, a la vez el Buda exhibía, ya en su
época, un espíritu científico para nada desdeñable.
Llegados a este punto, alguien podría suponer que yo
entendí al Buda a mi manera. ¡Y así es, efectivamente! Como igualmente lo
entendieron a su particular modo todas y cada una de las numerosas ramas o sectas del Budismo, sin ir más lejos, como cualquiera puede comprobar. Lo cual
a mí ya me parece bien, es bueno que así sea, ya que el crisol de la más
ecuánime sabiduría (tanto en la ciencia, en la filosofía, en el arte, etc.)
suele ser la diversidad de miras, y no, por el contrario, el acrítico
sometimiento a un “pensamiento único”.
A todo lo cual se suma otra pequeña dificultad, esta
es, que nadie sabe a ciencia cierta lo que dijo o dejó de decir el Buda. Es lo
que tiene de malo la tradición oral, tan de moda en los tiempos antiguos (solo
bastantes años después de la muerte de Sidarta Gautama sus más fieles
seguidores se pusieron a la tarea de escribir lo que, según ellos, el maestro
enseñaba; hasta el punto de que algunos consideraron oportuno iniciar sus resúmenes
con este encabezamiento: “Esto es lo que
he oído:…” Es decir: Esto es lo que, a mi parecer, dijo el Buda… ¡Qué
gran ejemplo de honestidad!). En todo caso, ahí tenemos a nuestra disposición
esos bienintencionados documentos llamados sutras o suttas, me refiero sobre
todo a los más antiguos, a los más cercanos a los tiempos del Buda (Canon Pali). Al respecto, confieso que estuve tentado de creer en los milagros al
comprobar que, a pesar del ingente tiempo transcurrido (unos 2500 años),
después de tantas copias y recopias, recortes y añadidos, no obstante allí
sobrevivió un aire de conmovedora autenticidad, al parecer indestructible. Como
se comprueba en mi sutra favorito: el llamado discurso de Benarés, aquél que la tradición considera como el
momento inaugural de la enseñanza del Buda. Y que yo considero, si se me
permite decirlo, como el verdadero momento inaugural de la psicología universal.
En esa inicial charla, impartida ante unos pocos
amigos, Sidarta reveló las cuatro básicas verdades que él observó en su
investigación sobre el psiquismo humano. Son las llamadas cuatro Nobles
Verdades (empero para nada aristocráticas, como se verá), son cuatro
desarmadoras pequeñas-grandes verdades las cuales me permitiré expresar a mi
manera:
La primera es la
verdad del sufrimiento. Sin más, con esa lacónica expresión aparece mencionada
en el sutra. De hecho, esa primera verdad parece en principio una tautología, o
sea una afirmación demasiado obvia. Pues es como si el Buda hubiera dicho: ya lo mires al derecho o al revés, si
realmente vives, a la par necesariamente has de sufrir, a la vez habrás de
saber lo que es la infelicidad. Al cabo es ley de vida que todos conocemos.
En definitiva, el Buda inició su enseñanza apelando, de entrada, a nuestra
máxima sinceridad. Esto es: si nos negamos a constatar esa primera evidencia
(el Buda dixit: “… asociarse con lo
indeseable es sufrimiento, separarse de lo deseable es sufrimiento, no obtener
lo deseado es sufrimiento.”), si ya miramos para otro lado ante esa
realidad (el sufrimiento es consustancial a la vida, para resumir), entonces
más vale no seguir, pues nada de la verdadera condición humana, nada de la
inmensa confusión que afecta al género humano podrá sinceramente comprenderse.
Y no, no le echen la culpa al pobre Buda, no lo traten ahora de agorero, de
pesimista o fatalista. Al contrario, aquel hombre denunciaba el sufrimiento,
¡se rebelaba contra él! Desde sus primeras palabras, Sidarta denunció nuestro
no querer saber acerca del sobrante sufrimiento (de orden psíquico, lo dejó
bien claro una y otra vez) al cual el ser humano se ata y se somete
absurdamente por los siglos de los siglos, amén. Contra este amén, contra este así sea pretendidamente inevitable,
contra esta alienante condena se soliviantó el Buda. Así, pues, Sidarta no era
un aguafiestas; al contrario, bien mirado el tal Buda era un revolucionario de
muchísimo cuidado.![]() |
| Varanasi (Benarés) en fiestas |
Pues aún a rebufo de su primera verdad, no debería
escapársenos la sorprendente amplitud de ese sufrimiento al cual se refería el
Buda: ese humano “sufrimiento” (esa infelicidad consustancial) abarcaba, para
aquel sabio, desde la más desoladora y justificada tristeza provocada por la
pérdida de los seres queridos, hasta aquella común y casera insatisfacción, o sutil
falta de contento que a cualquiera asalta, sin saber uno muy bien el concreto
motivo. Y aun es más, para el Buda también era “sufrimiento” psíquico, paradójicamente,
cosas tales como por ejemplo: la ambición, el egoísmo, la envidia, el odio y la
violencia, la insolidaridad, el desprecio por el otro en sus múltiples
versiones, etc., etc. ¿Se comprende la genialidad de este profundísimo psicólogo,
de Sidarta Gautama, alias el Buda? Es
decir, que para Sidarta el sufrimiento no era ya meramente un síntoma (una
consecuencia de algo), pues más allá de ello, desde su punto de vista el sufrimiento
“es” en sí, de hecho, la misma emergencia de cualquier sentimiento-pensamiento
(ya sea consciente o desapercibido, ya sea doloroso o placentero), o de
cualquier actividad psíquica que produzca una obnubilación u ofuscamiento de
nuestra claridad de miras, de nuestra más nítida y despierta consciencia. Dicho
de otra manera, el Buda entendía por “sufrimiento” cualquier tipo de estado de
la mente que nos separe de una mirada serena de las cosas, que nos separe, en
definitiva, de la paz. De la paz para uno mismo, y por consiguiente, de la posible
paz a compartir por la humanidad en su conjunto.
![]() |
| Sutra del Canon Pali |
En conclusión, para el Buda el “sufrimiento” (Dukkha, en idioma pali) era cualquier
forma de alienación instalada en la mente de un ser humano. Alienación no
necesariamente de naturaleza psiquiátrica (independientemente de que la
estructura psíquica “normal” sea la neurótica, como bien dijera Freud, y como por
otra parte puede comprobar cualquiera), pues aun más allá, el Buda, con su
concepción del sufrimiento, apuntaba a nuestra más “normal enajenación”; esa
que es pan de cada día para todo el género humano, allende las fronteras. Por inadvertida
que sea esta genérica “enajenación” para el ciudadano medio, ¿cómo se explica,
sin ella, nuestra imposibilidad de construir, ya no digo una sociedad perfecta,
pero sí al menos un mundo más humanizado del que vivimos, del que hoy sufrimos?
Ya lo dije, bien leído y entendido, el Buda era un revolucionario francamente
peligroso.
Finalizo aquí esta primera entrega de la sobresaliente
contribución de Sidarta Gautama, al cual debería considerarse, para mi gusto,
como el verdadero santo patrón de la psicología. En un próximo capítulo trataré
sobre sus tres restantes verdades, o díganse interesantísimas hipótesis. Empezando
por aquella que alude a la más profunda causa, precisamente, del sufrimiento. Ahí
se encuentra, lo verán, la verdadera clave de todo.
Ramón García Durán © 2015
El irrepetible Frank Sinatra cantando "A mi manera" (My way).
Resulta que Diego el Cigala, el gran cantaor de flamenco, también
canta "A mi manera"... si bien es otro tema. En todo caso,
en la variedad está el gusto.


