domingo, 20 de septiembre de 2015

Sobre el Buda, a mi manera (I)

No hace falta ser un devoto del Buda para comprender las humanas verdades que aquel profundo sabio transmitió. El mismo Sidarta Gautama (al que hoy conocemos por el sobrenombre o alias de el Buda) estaría de acuerdo conmigo: aquel buen conocedor del género humano también creía que nada positivo podía derivarse de una ingenua o ciega fe; por el contrario, él aconsejaba que cada cual comprobara por sí mismo cualquier pretendida verdad, incluidas las que él proponía. Ya ven que el hombre tenía sus golpes escondidos: al margen de pasar a la historia como un gran espiritualista, a la vez el Buda exhibía, ya en su época, un espíritu científico para nada desdeñable.

Llegados a este punto, alguien podría suponer que yo entendí al Buda a mi manera. ¡Y así es, efectivamente! Como igualmente lo entendieron a su particular modo todas y cada una de las numerosas ramas o sectas del Budismo, sin ir más lejos, como cualquiera puede comprobar. Lo cual a mí ya me parece bien, es bueno que así sea, ya que el crisol de la más ecuánime sabiduría (tanto en la ciencia, en la filosofía, en el arte, etc.) suele ser la diversidad de miras, y no, por el contrario, el acrítico sometimiento a un “pensamiento único”.

A todo lo cual se suma otra pequeña dificultad, esta es, que nadie sabe a ciencia cierta lo que dijo o dejó de decir el Buda. Es lo que tiene de malo la tradición oral, tan de moda en los tiempos antiguos (solo bastantes años después de la muerte de Sidarta Gautama sus más fieles seguidores se pusieron a la tarea de escribir lo que, según ellos, el maestro enseñaba; hasta el punto de que algunos consideraron oportuno iniciar sus resúmenes con este encabezamiento: “Esto es lo que he oído:…”  Es decir: Esto es lo que, a mi parecer, dijo el Buda… ¡Qué gran ejemplo de honestidad!). En todo caso, ahí tenemos a nuestra disposición esos bienintencionados documentos llamados sutras o suttas, me refiero sobre todo a los más antiguos, a los más cercanos a los tiempos del Buda (Canon Pali). Al respecto, confieso que estuve tentado de creer en los milagros al comprobar que, a pesar del ingente tiempo transcurrido (unos 2500 años), después de tantas copias y recopias, recortes y añadidos, no obstante allí sobrevivió un aire de conmovedora autenticidad, al parecer indestructible. Como se comprueba en mi sutra favorito: el llamado discurso de Benarés, aquél que la tradición considera como el momento inaugural de la enseñanza del Buda. Y que yo considero, si se me permite decirlo, como el verdadero momento inaugural de la psicología universal.



En esa inicial charla, impartida ante unos pocos amigos, Sidarta reveló las cuatro básicas verdades que él observó en su investigación sobre el psiquismo humano. Son las llamadas cuatro Nobles Verdades (empero para nada aristocráticas, como se verá), son cuatro desarmadoras pequeñas-grandes verdades las cuales me permitiré expresar a mi manera:

La primera es la verdad del sufrimiento. Sin más, con esa lacónica expresión aparece mencionada en el sutra. De hecho, esa primera verdad parece en principio una tautología, o sea una afirmación demasiado obvia. Pues es como si el Buda hubiera dicho: ya lo mires al derecho o al revés, si realmente vives, a la par necesariamente has de sufrir, a la vez habrás de saber lo que es la infelicidad. Al cabo es ley de vida que todos conocemos. En definitiva, el Buda inició su enseñanza apelando, de entrada, a nuestra máxima sinceridad. Esto es: si nos negamos a constatar esa primera evidencia (el Buda dixit: “… asociarse con lo indeseable es sufrimiento, separarse de lo deseable es sufrimiento, no obtener lo deseado es sufrimiento.”), si ya miramos para otro lado ante esa realidad (el sufrimiento es consustancial a la vida, para resumir), entonces más vale no seguir, pues nada de la verdadera condición humana, nada de la inmensa confusión que afecta al género humano podrá sinceramente comprenderse. Y no, no le echen la culpa al pobre Buda, no lo traten ahora de agorero, de pesimista o fatalista. Al contrario, aquel hombre denunciaba el sufrimiento, ¡se rebelaba contra él! Desde sus primeras palabras, Sidarta denunció nuestro no querer saber acerca del sobrante sufrimiento (de orden psíquico, lo dejó bien claro una y otra vez) al cual el ser humano se ata y se somete absurdamente por los siglos de los siglos, amén. Contra este amén, contra este así sea pretendidamente inevitable, contra esta alienante condena se soliviantó el Buda. Así, pues, Sidarta no era un aguafiestas; al contrario, bien mirado el tal Buda era un revolucionario de muchísimo cuidado.


Varanasi (Benarés) en fiestas
Pues aún a rebufo de su primera verdad, no debería escapársenos la sorprendente amplitud de ese sufrimiento al cual se refería el Buda: ese humano “sufrimiento” (esa infelicidad consustancial) abarcaba, para aquel sabio, desde la más desoladora y justificada tristeza provocada por la pérdida de los seres queridos, hasta aquella común y casera insatisfacción, o sutil falta de contento que a cualquiera asalta, sin saber uno muy bien el concreto motivo. Y aun es más, para el Buda también era “sufrimiento” psíquico, paradójicamente, cosas tales como por ejemplo: la ambición, el egoísmo, la envidia, el odio y la violencia, la insolidaridad, el desprecio por el otro en sus múltiples versiones, etc., etc. ¿Se comprende la genialidad de este profundísimo psicólogo, de Sidarta Gautama, alias el Buda? Es decir, que para Sidarta el sufrimiento no era ya meramente un síntoma (una consecuencia de algo), pues más allá de ello, desde su punto de vista el sufrimiento “es” en sí, de hecho, la misma emergencia de cualquier sentimiento-pensamiento (ya sea consciente o desapercibido, ya sea doloroso o placentero), o de cualquier actividad psíquica que produzca una obnubilación u ofuscamiento de nuestra claridad de miras, de nuestra más nítida y despierta consciencia. Dicho de otra manera, el Buda entendía por “sufrimiento” cualquier tipo de estado de la mente que nos separe de una mirada serena de las cosas, que nos separe, en definitiva, de la paz. De la paz para uno mismo, y por consiguiente, de la posible paz a compartir por la humanidad en su conjunto.

Sutra del Canon Pali
En conclusión, para el Buda el “sufrimiento” (Dukkha, en idioma pali) era cualquier forma de alienación instalada en la mente de un ser humano. Alienación no necesariamente de naturaleza psiquiátrica (independientemente de que la estructura psíquica “normal” sea la neurótica, como bien dijera Freud, y como por otra parte puede comprobar cualquiera), pues aun más allá, el Buda, con su concepción del sufrimiento, apuntaba a nuestra más “normal enajenación; esa que es pan de cada día para todo el género humano, allende las fronteras. Por inadvertida que sea esta genérica “enajenación” para el ciudadano medio, ¿cómo se explica, sin ella, nuestra imposibilidad de construir, ya no digo una sociedad perfecta, pero sí al menos un mundo más humanizado del que vivimos, del que hoy sufrimos? Ya lo dije, bien leído y entendido, el Buda era un revolucionario francamente peligroso.

Finalizo aquí esta primera entrega de la sobresaliente contribución de Sidarta Gautama, al cual debería considerarse, para mi gusto, como el verdadero santo patrón de la psicología. En un próximo capítulo trataré sobre sus tres restantes verdades, o díganse interesantísimas hipótesis. Empezando por aquella que alude a la más profunda causa, precisamente, del sufrimiento. Ahí se encuentra, lo verán, la verdadera clave de todo.


Ramón García Durán © 2015





El irrepetible Frank Sinatra cantando "A mi manera" (My way).



Resulta que Diego el Cigala, el gran cantaor de flamenco, también
 canta "A mi manera"... si bien es otro tema. En todo caso, 
en la variedad está el gusto.