Una amable persona, después de leer mi anterior
artículo (¿Qué es la psicología?), me
escribió para preguntarme lo siguiente: ¿qué
es la compasión, podría definir ese concepto? Con el primer problema hemos topado: es que la compasión no es un concepto, sino algo que se vive, algo que
duele, incluso.
| René Descartes |
Es interesante reseñar, a tenor de lo expuesto, el
contraste existente entre nuestro pensamiento de estilo occidental y ciertas
filosofías orientales: estas últimas priorizan la vivencia iluminadora (y liberadora)
como vía princeps de comprensión de las cosas; al contrario que nosotros, más
tendentes a buscar la solución mediante una elaboración conceptual, en el
terreno de las ideas. Por eso los occidentales solemos mostrar cierta prevención
hacia tales exóticas filosofías. En parte es debido a la deriva esotérica que a
veces toman tales sistemas de pensamiento, es cierto. Pero hay algo más: en el
fondo nuestra desconfianza se basa en nuestro fuerte apego al “pienso, luego existo” (mantra fundamental
de nuestra fe racionalista y positivista); lo más intolerable para nosotros es
que esas foráneas filosofías-psicologías proponen, por el contrario, lo
siguiente: “pienso, luego me engaño, y
por lo tanto sufro”. Demasiado revolucionario para nuestra muy idealista y conservadora
mentalidad occidental.
En todo caso la compasión tampoco es cosa tan
difícil de entender, ya seamos occidentales u orientales. Al respecto, nos
ayudará observar que la palabra compasión
está muy próxima al verbo compadecer. El
cual significa compartir la desgracia
ajena, sentirla, dolerse de ella. Ya ven, eso es literalmente la com-pasión: compartir el sufrimiento de
otro, o ponerse en el lugar del otro,
como suele decirse. Habida cuenta de lo fácil que es comprender –conceptualmente-
la compasión, entonces, ¿por qué se nos hace tan difícil sentirla, como
demuestra la triste realidad del mundo en que vivimos? Yo creo que hay una
forma no romántica, no precisamente ingenua de responder a esa pregunta. Aquí puede
echarnos una mano la perspectiva de la psicología:
| Avram Noam Chomsky |
![]() |
| Kanzi, ¿problema para Chomsky? |
Lo primero es reseñar la fuerte dimensión simbólica
característica de la mente del Homo
sapiens. Sin ir más lejos, solemos decir que, en oposición a los demás
animales, nosotros “tenemos” lenguaje. Pero lo cierto es que nosotros somos tenidos por él, nosotros somos configurados y determinados por ese
lenguaje-pensamiento simbólico que se instala o inscribe en nuestras mentes o
mentalidades. Y como esa configuración, como ese condicionamiento es diferente
según el lugar donde nos hayamos criado, resulta que la compasión
específicamente humana, paradójicamente, no es unitaria, no es universal: la
compasión de cualquiera está necesariamente dictada por una moralidad o ética determinada,
está inspirada en un credo (religioso o del orden que fuere) propio de este o
aquel otro lugar del planeta. De lo cual resulta, es evidente, una compasión
bastante limitada. Limitada al propio grupo étnico o nacional, a la propia
raza, a aquellos que comparten la misma religión o cofradía, etc. O lo que ya
es el colmo de lo restrictivo, limitada exclusivamente a la propia familia de
sangre. El problema es que esa normal y corriente compasión nuestra, por
humanísima que sea, no llega ni llegará nunca para afrontar los apremiantes retos
que hoy tiene la humanidad en su conjunto. ¿Hay salida a esta situación, a este
problema de los problemas humanos? Yo diría que sí, pero solo a condición del
siguiente doloroso -o mejor dicho incómodo- reconocimiento:
Esta es la paradoja: aceptemos de entrada que el
pensamiento humano, la mente humana (incluida esa regodeada sensación de
identidad individual llamada “Yo”) es de hecho el mayor mecanismo de supervivencia existente sobre la faz de la Tierra. Y todos celebramos muy
alegremente eso… sin percatarnos del gran problema que ello conlleva. Es que
todo mecanismo de supervivencia, por exitoso que sea, tiene el siguiente inconveniente
escondido: cuando cambian ostensiblemente las originarias circunstancias y
escenarios para los cuales aquél se estableció, entonces ese mismo mecanismo, antaño
de supervivencia, se convierte en mecanismo de autodestrucción. En esa
peligrosa tesitura nos encontramos nosotros, la especie humana.
Dicho de otro modo, que nuestra mente (nuestra mente
relacional sobre todo), para las circunstancias del presente, en buena parte
está obsoleta; pues persisten en esas nuestras mentalidades muchas tendencias,
propensiones, y demás regodeos ideáticos los cuales, si bien tuvieron su
sentido en un lejanísimo pasado, no obstante ahora nos traicionan, ya se giran claramente
contra nosotros. Parece que el aparato psíquico del Homo sapiens no ha podido evolucionar, en tan corto lapso de tiempo,
para adaptarse, paradójicamente, al mundo que nuestro propio psiquismo ha
proyectado.
La solución sigue siendo la misma: se trata de decidirnos
a hacer caso a aquel antiquísimo y olvidado consejo en el cual una vez coincidimos,
hace miles de años, tanto los europeos, como los orientales: Hombre, conócete, reconócete a ti mismo.
Por incómoda que sea la medicina, yo diría que no hay otra.
Y en fin, yo mismo no sé del todo qué es la
compasión, y es casi seguro que no soy el ser humano más compasivo que usted
pueda llegar a conocer. Pero no obstante, sí siento profundamente una compasión
que, curiosamente, no conoce fronteras; pues no depende de ninguna filosofía,
de ninguna ideología o credo. Se trata de la compasión, o del dolor de percatarse
de la enorme dificultad que tiene el ser humano para liberarse, o simplemente
para separarse un mínimo de sus más crueles dictaduras, estas son, sin la menor
duda, las que inadvertidamente habitan en su propia mente-pensamiento; es el
dolor de observar la insistencia en apegarse a todos esos regodeos cuya única
función es mantener firme y bien erguido al ego (regodeos psicológicos tan
vacíos de sentido como el fanatismo religioso, el nacionalismo, el racismo, o
cualquier otra elitista y divisiva pasión por el estilo); es el dolor de
asistir al interminable espectáculo de nuestra ambición (que otrora sirviera al
hombre primitivo para llenar los graneros, pero que hoy destruye el planeta a
la velocidad del rayo); es la gran pena de constatar cuánto nos cuesta
reconocer, en definitiva, el inter-ser que somos todos, más allá de nuestro suicida
egocentrismo.
Ramón García Durán © 2015
| La Tierra, evidentísimo inter-ser... |
2001, Una Odisea del Espacio (Stanley Kubrick, 1968).
Hasta su último fotograma: hombre, re-conócete a ti mismo.

